“Por el bien de todos, primero los pobres” no fue una consigna populista: fue política pública con resultados verificables. Los nuevos datos de pobreza multidimensional 2024 muestran que la pobreza bajó a 29.6% (38.5 millones); 24.2% en pobreza moderada (31.5 millones) y 5.3% en extrema (7.0 millones). Si vemos la película completa, de 2016 a 2024, el porcentaje de población en pobreza pasó de 43.2% a 29.6%: 13.7 millones de personas salieron de esa condición; la pobreza extrema también se redujo en 1.8 millones. En un país acostumbrado a promesas rotas, el Presidente, luchador social, nuestro cabecita de algodón, Andrés Manuel López Obrador cumplió: primero los pobres.
¿Qué cambió en la vida del día a día del mexicano para que redujera la pobreza? Las carencias básicas de la vivienda se desplomaron. Entre 2022 y 2024 hubo 4.5 millones menos: la mayor reducción documentada en este periodo. ¿Qué empujó esa caída? Dos mejoras que no caben en un eslogan: viviendas sin acceso al agua bajaron de 7.1% a 3.5% (4.7 millones menos) y viviendas sin chimenea para cocinar con leña o carbón, de 11.3% a 9.7% (2.0 millones menos). Eso se siente en la salud, en el tiempo de las mujeres, en la dignidad de cualquier hogar.
El mercado laboral también cuenta esta historia. Tras el golpe de 2020 por la pandemia de COVID-19, la desocupación volvió a su ruta descendente y en 2022 ya estaba por debajo de los niveles reportados en 2019, siguiendo la tendencia global. Entre 2016 y 2024, las personas ocupadas aumentaron 16%; el empleo formal creció 23.5% y el informal 11.2%. En el peor trimestre de 2020 se perdieron 4.19 millones de ocupaciones (-7.6% anual), con un golpe mucho más severo en la informalidad (-11.3%). Son datos que explican por qué hoy más familias tienen ingreso y certidumbre que hace ocho años.
Pero lo que contuvo y redujo la pobreza tuvo nombre y apellido: las transferencias directas en los programas sociales Si se quitan del ingreso de las personas que salieron de la pobreza los apoyos de programas sociales, en 2024 habría 4.6 millones de personas más por debajo de la línea de pobreza extrema por ingresos. Y, en la medición de pobreza por ingresos (canasta alimentaria y no alimentaria), los apoyos también hicieron lo suyo: sin ellos, el indicador de 2024 habría sido mayor. Lo mismo cuentan los datos de 2022. No cabe duda, los programas sociales no fueron discurso, hicieron la diferencia entre la miseria y la vida digna.
Resulta ser que la mente detrás de estos programas sociales, tras recorrer durante mas de una década todos los municipios del país, supo quienes eran los que mas necesitados estaban. Supo quienes eran los pobres del país y a donde había que inyectar los recursos públicos que por años se robaban y terminaban en los bolsillos de la mafia del poder.
Hay otro dato que pinta el ánimo del país: casi un tercio de la gente ya no presenta vulnerabilidad alguna. Es decir, más familias que respiran sin el miedo de caer en la primer emergencia o problema. Ese respiro se explica por la combinación de empleo, programas sociales y obras que llevan agua, conectividad y servicios a donde antes sólo llegaban promesas.
¿Y qué acciones empujaron esta curva hacia abajo? La expansión de apoyos directos que sostuvieron el ingreso en los hogares más frágiles; el empuje a bienes públicos básicos, empezando por el agua, que reduce carencias de golpe; y un mercado laboral que, tras la tormenta, volvió a crecer con más formalidad. No son milagros; son políticas consistentes con una prioridad: que el peso del Estado se sienta primero en los hombros de quienes cargan más.
¿Entonces la tarea está hecha? No, y aquí va el garrotazo fraterno. La fórmula del sexenio pasado fue eficaz para ese momento con pandemia, inflación y abandono social, pero repetirla sin ajustes sería administrar la inercia. Hoy el combate a la pobreza necesita una segunda planta: inversión sostenida en educación de calidad orientación vocacional, vinculación escuela-empresa para el nuevo mapa industrial y ciencia aplicada que eleve la productividad y los salarios.
No se abandona la infraestructura: se profundiza donde multiplica oportunidades (agua, movilidad, vivienda social bien localizada, conectividad), porque las carencias bajan cuando los servicios llegan. Los programas sociales seguirán siendo red, la educación tiene que ser escalera. Si el primer mandato fue “que nadie se quede atrás”, el segundo debería ser “que todas y todos puedan subir”.




