La protesta bautizada como “marcha de la Generación X” llegó envuelta en el discurso de la participación ciudadana juvenil. Sin embargo, lo que se presentó como un acto de expresión democrática terminó exhibiéndose como una operación política diseñada para generar confrontación y proyectar una imagen distorsionada del país.
Los hechos hablan por sí mismos: daños considerables en el Centro de la Ciudad de México, agresiones directas contra cuerpos policiacos —más de un centenar de agentes lesionados— y escenas que evocan momentos críticos de la historia reciente. Lejos de la narrativa juvenil y espontánea, lo que quedó fue el rastro de un grupo organizado que buscó empujar el límite de la tolerancia institucional.
Machismo en la plaza pública
Un aspecto particularmente preocupante fue el contenido de las consignas dirigidas hacia la presidenta Claudia Sheinbaum. No se trató de cuestionamientos sobre políticas públicas, sino de ataques personales impregnados de machismo y prejuicios. En pleno siglo XXI, un sector minoritario recurrió a estereotipos de género y descalificaciones basadas en su condición de mujer para deslegitimar su liderazgo.
El episodio revela que, más allá de la crítica legítima —siempre necesaria— subsisten grupos que recurren a la violencia verbal para evitar discutir en términos democráticos. Ese lenguaje no es espontáneo ni inocente: forma parte de una estrategia para erosionar simbólicamente la presencia de las mujeres en el poder.
La fabricación del relato represivo
La protesta no solo dejó daños materiales; también intentó imponer un relato de represión estatal que no corresponde con los hechos. Versiones difundidas en redes aseguraron el uso de gas lacrimógeno, pese a que dicho recurso dejó de emplearse desde hace años. Lo que se observó fue polvo de matafuegos utilizado para contener incendios provocados durante los empujones y confrontaciones.
Aun así, los organizadores insistieron en presentarse como víctimas de un gobierno autoritario. La contradicción es evidente: marcharon sin restricciones, avanzaron por avenidas principales, derribaron vallas y confrontaron a la policía sin que se recurriera al uso de fuerza letal ni a los mecanismos represivos que caracterizaron a otras administraciones. El discurso de la “represión” funciona más como estrategia de comunicación que como descripción de la realidad.
Una minoría ruidosa frente a una mayoría que respalda
La tentativa de proyectar un país fracturado se desploma ante los datos. Encuestas recientes ubican la aprobación de la presidenta Sheinbaum por encima del 70%, con niveles de respaldo aún mayores entre jóvenes. Este apoyo no se explica por inercia política, sino por la percepción de avances en seguridad, bienestar y políticas de igualdad.
Mientras un grupo reducido se aferra al ruido como herramienta de presión, la mayoría de la población muestra confianza en el rumbo del país. El contraste es inevitable: mientras unos intentan derribar vallas, otros prefieren trabajar sobre bases institucionales.
Un llamado a la responsabilidad
Las protestas son parte de la democracia, pero también lo es la responsabilidad de ejercerlas sin recurrir a la violencia ni a la desinformación. Lo ocurrido en la “marcha de la Generación X” exhibe un intento de sustituir la discusión pública por actos de confrontación que poco aportan al debate nacional.
México requiere un diálogo serio sobre los retos actuales: seguridad, desigualdad, movilidad social. En cambio, ciertos grupos apuestan por el espectáculo político, por la provocación y por narrativas falsas que buscan polarizar a la opinión pública.
El país necesita avanzar hacia una conversación más madura. La democracia se fortalece con crítica informada, no con montajes que pretenden disfrazar la violencia como rebeldía juvenil.




