Cada fin de año, la política mexicana monta su escenografía favorita. Esto me recuerda la canción del gran Joan Manuel Serrat, “La Fiesta”. Algunos personajes de la política nacional “Recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras, y hoy sembrada de bombillas.” No porque hayan cambiado las conductas, sino porque llegó la temporada del disfraz. Diciembre es el mes en que muchos políticos, sobre todo los de oposición, se visten de amor, de paz y de buenos deseos.
Cuelgan palabras grandes como quien cuelga “de esquina a esquina un cartel”, adornado con “banderas de papel, verdes, rojas y amarillas”. Hablan de unidad, de concordia, de convivencia. Todo muy luminoso. Todo muy humano. Todo muy impostado.
Porque hace apenas unos días festejaron con bombo y platillo el descarrilamiento de un tren, una tragedia nacional en la que murieron personas. Convirtieron la muerte en argumento, el luto en celebración, la desgracia en munición política. Aplaudieron el desastre porque les servía para decir que el gobierno estaba mal, aunque eso costara vidas, aunque eso significara dolor para muchas familias.
Y luego, sin pudor, salen a hablar de amor.
“Al darles el sol la espalda… para que el cielo no vea.”
Eso hacen: bajan la luz ética para que no se note la incoherencia. Para que no se vea que quienes hoy desean paz, ayer celebraban la tragedia. Para que no se vea que el dolor ajeno fue, para ellos, motivo de fiesta.
Pero esta partitura no se escribe solo para afuera. También hay que decirlo hacia adentro. Porque dentro del propio movimiento existen quienes se ponen el mismo disfraz. No todos, pero sí algunos. Los que usan las banderas para cubrir prácticas que nada tienen que ver con el proyecto. Los que hablan de pueblo mientras se sirven primero. Los que presumen principios y operan como siempre. Como lo dijo con claridad incómoda el hoy subsecretario de Prevención en la Secretaría de Seguridad Pública, Miguel Torruco: “hay figuras innombrables en nuestro movimiento que nos están haciendo daño”.
No lo dijo la oposición.
No lo dijo un adversario.
Lo dijo alguien desde dentro.
A esos personajes también les queda perfecta la fiesta de fin de año. Porque “por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”. Porque basta un mensaje emotivo, un video bien iluminado, un discurso de paz, para fingir una conciencia que no se practica el resto del año.
En esta noche todo se permite. Se habla de amor después de festejar tragedias. Se habla de honestidad después de traicionar desde la corrupción o la omisión. Se habla de unidad después de dañar al movimiento y, con ello, al pueblo. “Hoy se comparte el pan”, dicen, mientras durante el año se administró el privilegio.
Pero el amanecer no perdona. “y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza…” y también vuelve el cínico a su cinismo, el corrupto a sus prácticas, el farsante a su doble discurso. “Se despertó el bien y el mal” y cada quien regresa al lugar que eligió con sus actos, no con sus palabras.
Que no se malinterprete esta columna como pesimismo. Es honestidad. Claro que queremos unidad. Pero no la unidad del calendario ni la del guion. Queremos la que nace del respeto verdadero por la vida, por la gente, por la tierra, por el dolor ajeno. Unidad que no festeja tragedias. Unidad que no usa la muerte como argumento. Unidad que no se pone y se quita como disfraz. Porque no se vale vestirse de paz en diciembre y pasar el año celebrando el desastre o dañando desde adentro. Porque no se vale hablar de amor con las manos manchadas de indiferencia. Porque no se vale convertir la política en una verbena moral.
Y por eso, al cerrar este año, conviene decirlo sin guirnaldas:
“Se acabó. El sol nos dice que llegó el final.”
Final del disfraz.
Final de la fiesta fingida. “Fuera máscaras”, como lo dijo, Andrés Manuel López Obrador.
“Vamos bajando la cuesta,
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.”





