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La guerra de las mentiras

postal PP horizontal Ramón Flores

El viejo periodismo contra la nueva presidencia

En México, las viejas estructuras del poder no siempre resisten desde los palacios o las oficinas corporativas. A veces, la resistencia se libra en las redacciones, los micrófonos y las columnas de opinión. Desde que Claudia Sheinbaum Pardo asumió la Presidencia de la República, una parte del viejo periodismo ha emprendido una cruzada discursiva que parece más interesada en erosionar la credibilidad del nuevo gobierno que en informar con rigor o apego a los hechos.

La historia no es nueva. Cada vez que el país ha intentado dar un salto hacia una etapa más justa y soberana, los medios tradicionales se convierten en trincheras del conservadurismo. Ocurrió cuando Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo y fue acusado de “populista” y “enemigo de la inversión extranjera”. Pasó con López Mateos al recuperar la energía eléctrica para la nación, y volvió con López Obrador, señalado durante años por una prensa que, en muchos casos, confundió independencia con militancia partidista. Hoy, con Sheinbaum en la Presidencia, el guion se repite palabra por palabra, solo que en un país mucho más despierto y con una ciudadanía mejor informada.

El nuevo blanco del viejo poder

Desde los primeros meses de su administración, los ataques contra Sheinbaum han sido constantes y coordinados. Portadas alarmistas, columnas de opinión basadas en rumores, y titulares diseñados más para provocar clics que para informar. El tono es siempre el mismo: pesimista, catastrofista, despectivo.

“México se dirige al colapso económico”, escriben algunos analistas mientras los datos del INEGI y del Banco de México reportan crecimiento sostenido y estabilidad en la inflación.

“Control y censura en los medios”, aseguran otros, a pesar de que las conferencias de prensa matutinas continuadas por Sheinbaum siguen siendo uno de los ejercicios de comunicación más abiertos y democráticos de América Latina.

La realidad contradice el relato mediático. Lejos de un gobierno cerrado, el de Sheinbaum ha mantenido canales de diálogo con sectores empresariales, académicos y sociales, consolidando una transición ordenada, técnica y con visión de futuro. Sin embargo, a ciertos columnistas parece interesarles más mantener viva la narrativa del desastre que reconocer la continuidad institucional del proyecto de transformación iniciado en 2018.

Mentiras con firma y micrófono

Hay mentiras que se dicen con intención, y otras que se escriben con cálculo. Lo más grave es cuando se repiten hasta volverse discurso común. Los ejemplos abundan:

Se dijo que habría “fuga de capitales” tras la victoria electoral de Sheinbaum. No ocurrió.

Que la bolsa caería en picada. No pasó. Que habría fractura interna en su gabinete. Los hechos demostraron lo contrario: los perfiles técnicos, con trayectoria comprobada, han fortalecido el rumbo gubernamental.

Que “Morena se radicalizaría”. En la práctica, el nuevo gobierno ha demostrado una línea institucional y de continuidad económica con política social, priorizando inversión pública y disciplina fiscal.

Estas narrativas no son simples errores de apreciación. Son estrategias discursivas diseñadas para instalar duda, miedo y desconfianza. Lo hacen repitiendo titulares sin contexto o utilizando lenguaje emocional “crisis”, “autoritarismo”, “militarización” sin sustento factual.

Y cuando la mentira es rebatida con datos oficiales, entonces recurren a la descalificación: “los datos del gobierno no valen”, “las cifras están maquilladas”. En otras palabras, se descalifica todo lo que contradiga la narrativa prefabricada.

El nuevo periodismo frente al viejo oficio

Durante décadas, la prensa mexicana fue instrumento del poder. Luego, en la transición democrática, una parte del periodismo se volvió contrapeso, pero otra la más rentable se dedicó a negociar con los mismos intereses que decía combatir. La llegada de gobiernos progresistas rompió esa relación de comodidad.

El periodismo crítico es indispensable, pero el periodismo mentiroso es un cáncer para la vida pública. La diferencia está en la ética, en el compromiso con la verdad y en la independencia real frente al dinero y la consigna. Muchos de los “líderes de opinión” que hoy se presentan como víctimas de la censura, fueron beneficiarios de contratos, publicidad oficial o convenios millonarios durante los gobiernos del PRI y del PAN. Hoy, sin esos recursos, su “indignación” se ha convertido en negocio.

Lo paradójico es que, mientras acusan censura, gozan de micrófonos, espacios y reflectores todos los días. Ningún periodista ha sido censurado por cuestionar a la Presidenta. Al contrario, en las conferencias matutinas tienen el derecho de preguntar, debatir y confrontar con total libertad. Lo que ha cambiado no es la libertad de prensa, sino la libertad del pueblo para contrastar y decidir a quién creerle.

La verdad ya no necesita permiso

El periodismo de antaño se movía en un monopolio de información: unos pocos decidían qué se publicaba y cómo se interpretaba. Hoy, las redes sociales, las transmisiones en vivo y los canales ciudadanos han abierto un espacio donde la verdad ya no necesita permiso para circular.

Eso tiene nerviosos a los grandes medios. Porque cada vez que publican una mentira, miles de usuarios la desmienten en segundos. Cada vez que un comentarista miente en televisión, hay grabaciones, datos y archivos que lo contradicen. La sociedad mexicana ha madurado informativamente, y el poder mediático lo sabe.

El gobierno de Sheinbaum ha entendido ese cambio y ha optado por la comunicación directa, transparente y técnica. No es casualidad que sus exposiciones sean detalladas, documentadas y basadas en evidencia. Frente al ruido, la respuesta ha sido claridad. Frente a la calumnia, datos. Frente al insulto, resultados.

Un cierre necesario: el periodismo que vendrá

La historia es clara: cada transformación profunda en México ha enfrentado una guerra mediática. Lo que cambia son los actores y los formatos, pero la esencia es la misma: una disputa entre la mentira que protege privilegios y la verdad que impulsa justicia.

El reto no es silenciar la crítica, sino elevarla. Necesitamos un periodismo que investigue sin odio, que cuestione sin consigna y que informe sin venderse. Un periodismo que acompañe los procesos democráticos, no que los sabotee desde la comodidad del escritorio o la arrogancia del rating.

El país ya cambió, aunque algunos no quieran aceptarlo. Las viejas plumas del poder pueden seguir mintiendo, pero sus mentiras ya no pesan como antes. La ciudadanía sabe, compara y decide.

Y esa, quizás, es la transformación más profunda de todas: la del pueblo que aprendió a leer entre líneas, a desconfiar del cinismo y a reconocer la verdad, incluso cuando intentan enterrarla bajo montañas de tinta falsa.

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