A una semana del histórico grito de independencia de nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, es importante analizar qué ocurrió, y por qué este hecho es relevante en la conversación pública.
El grito que resonó con mayor fuerza como un acto político cargado de significado, simbolismos y representatividad fue el que mencionó a Josefa Ortiz Téllez-Girón, dejando de lado la fórmula tradicional de “Ortiz de Domínguez”.
Este evento no se debe ver solo como un detalle protocolario, debemos considerarlo como un desafío a la estructura patriarcal que históricamente ha borrado e invisibilizado a las mujeres como sujetos plenos de derechos, minimizando nuestra existencia a “la esposa de” y adjudicándonos un papel secundario en los diferentes contextos de la vida pública, económica, social y cultural.
El poder de la memoria colectiva y el cuestionamiento de la construcción de nuestra historia escrita de forma masculina y conservadora es una lucha que se vive también desde los símbolos, el nombramiento y el reconocimiento.
La Doctora Sheinbaum logra rescatar el apellido propio de Josefa, y con ello no solo repara una grave omisión de la construcción histórica, sino que también corta el listón de una nueva narrativa, una historia nacional en la que las mujeres son protagonistas de la independencia y de los hechos históricos que construyeron nuestra patria.
Como se ha dicho en múltiples ocasiones, lo que no se nombra no existe, y nuestro lenguaje no describe la realidad, la produce, por ello, decir el nombre de Josefa Ortiz Téllez-Girón, es reconocer la existencia de una mujer política, un recordatorio de que la independencia no solo la hicieron los hombres con espadas y fusiles, sino también las mujeres con lógica, inteligencia, valentía, planificación y capacidad de conspirar.
Claro que el apellido marital es un ejemplo de control simbólico, la mujer pasa de ser hija de un padre a esposa de un marido. Arrancar de raíz esa idea es un acto de lucha y resistencia que logra reivindicar a la mujer marcando un precedente institucional, pues a partir de este primer grito, las siguientes administraciones sean presididas por hombres o mujeres, tendrán que reconocer a las mujeres como ciudadanas fundadoras.
Aquí nace un proyecto de legitimidad, un reflejo de la herencia de las luchas populares y feministas, una Presidenta que elige hablar desde la memoria de las mujeres insurgentes, comunicando que nuestro lugar ya no es desde el silencio.
No minimicemos el impacto cultural, aceptemos que se ha abierto una puerta que muestra una nueva narrativa nacional, una patria que reconoce en su historia a las heroínas por su propio nombre.
Esta batalla simbólica es parte de nuestra Transformación para que sea verdadera y duradera.
Nombrar es un acto de poder y hoy el poder se usa para dignificar, reivindicar y liberar de ataduras a nuestras heroínas del patriarcado y de toda idea conservadora.




