La identidad masculina

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La identidad masculina

Por Mercurio Cadena | jueves, 04 de junio del 2020.

Cuando hablamos de subjetividad estamos hablando, siguiendo en alguna medida a Guattari, de nuestro sistema de orientación en el mundo; un conjunto de experiencias, ideas, deseos, valores y cierta relación con nuestros cuerpos (nuestra materialidad) que determinan la posición que ocupamos en la existencia y cómo nos movemos a través de la misma. Quizá podríamos decir que es el conjunto de cosas que interactúan en nosotros y nosotras y producen lo que llamamos “sentido”. 

Una configuración específica de subjetividad genera una identidad. Es decir: un conjunto más o menos definido de ideas, deseos, valores, etcétera; que nos sirve para “saber” quiénes somos y cómo relacionarnos con aquello que nos rodea. 

Muchas de estas identidades son “pre”configuraciones en un sentido muy concreto: se nos ofrecen ya construidas sin que podamos modificarlas tanto como querríamos pero facilitando muchísimo el (necesario) proceso de construcción de identidad. 

Hay muchas preconfiguraciones de subjetividad de las que abrevamos al momento de constituir nuestra identidad. Esto no es un proceso enteramente consciente sino que depende en gran medida de nuestro medio. Una de estas preconfiguraciones es el sistema de identidad de género que nos asigna características a partir de sus dos constructos paradigmáticos que son los roles de género: masculinidad y feminidad. 

Estos roles como toda predeterminación facilitan muchísimo el proceso de construcción de identidad que, dicho sea de paso, es un proceso colectivo; nunca enteramente individual. De hecho este sistema en específico se “instala” casi automáticamente en nuestra mente mediante un método muy complejo de asignación social que tiene como base al cuerpo sexuado. Somos masculinos y femeninos en la medida en que la sociedad reconoce nuestros cuerpos sexuados, asigna la identidad que corresponde bajo este sistema construido y trata al sujeto en consecuencia: al varón, el rol masculino; a la mujer, el rol femenino. 

El costo de la predeterminación es medido con base en libertad. Mientras más predeterminado viene algo menos agencia tenemos para modificarlo como nos convenga como personas. Esto puede volverse problemático cuando las características incluidas predeterminadamente no son deseables, por alguna razón. 

En el caso de la identidad masculina, varias de sus características son despreciables. En particular tres: una orientación constante hacia el control violento; una reivindicación permanente del mundo, y una agresividad catalizadora de prácticamente todo sentimiento. Estas características están diseñadas para que quienes sean asignados con este rol puedan cumplir una función de opresores al interior de un sistema de dominación conocido como patriarcado. 

La famosa deconstrucción de la que se habla muchísimo en temas de subjetividad supone construir la capacidad mental y emocional necesaria para poder decidir sobre estas preprogramaciones que ya están en nuestras mentes para poder digamos conservar sus rasgos valiosos y desechar sus negativos. En este caso es claro que hay mucho de desechable en lo que a la masculinidad respecta. Y sin embargo hay un problema: esta preprogramación debe ser sensible al método de instalación o dicho en otros términos: debe reconocer que su instalación se hace no sólo mediante la agencia individual sino también a través del reconocimiento social de los cuerpos sexuados. 

Todo intento por contrarrestar o sustituir esta preprogramación debe reconocer que no basta con así desearlo; algo tiene que hacerse para eliminar esta asignación social casi inmediata sobre los cuerpos sexuados. 

Por Mercurio Cadena | jueves, 04 de junio del 2020.

Mercurio Cadena

Mercurio Cadena. Abogado que codea. Socialista obradorista especializado en gestión pública y ética de la tecnología.

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