Pluma Patriótica

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La ilusión neoliberal de ir a terapia

Este domingo pasado se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental que, como lo dice su nombre, tiene por objetivo darle relevancia al cuidado de la salud mental y disminuir el estigma al respecto de las enfermedades mentales. Como la mayoría de estos días, son momentos donde se hace visible la situación, aunque habitualmente solo ocurre la discusión al respecto en ese día y casi de inmediato ya estamos en otro día más (el de la cerveza, el del beso o el de la lucha contra el VIH).

 

Por eso, aunque en los últimos años se ha hecho más habitual que la gente dialogue sobre las enfermedades mentales, también es cierto que solo un grupo de personas con un mayor acceso a diferentes servicios y nociones de la vida son quienes han enunciado la importancia de la salud mental; no por nada es que desde el privilegio dice consistentemente que lo mejor en estos tiempos es ir a terapia. Y esa se ha vuelto una forma de dejar el cuidado de la salud mental a un esfuerzo individual que recae en uno mismo para poder atender ese aspecto de su vida.

Por otra parte, hemos caído en una simpleza agobiante sobre que una buena parte de nuestros problemas como sociedad se solucionarían con estar bajo la supervisión de un especialista de nuestro cerebro aunado a la delgada línea de vivir en un estado farmacodependiente por los tratamientos derivados de cuidado mental (sí, no todos toman antidepresivos, pero cada vez es más habitual que la gente con acceso a servicios de cuidado mental normalice el uso de fármacos a diestra y siniestra).

Es decir, nos encontramos ante una de las victorias del modelo neoliberal en nuestras vidas: individualismo y uso desmedido de medicamentos. En consecuencia, en un aspecto fundamental para generar cambios en el bienestar social es necesario transitar hacia una forma distinta de acercarnos al cuidado y sobre todo el tratamiento de las enfermedades mentales; uno de esos cambios fundamentales debe ser el acceso universal a una consulta sobre la salud mental y, sobre todo, un diálogo más amplio sobre cómo se usa la farmacología en estos padecimientos.

Es decir, creo que es momento para que desde el Estado se ejecute un esfuerzo más amplio para entender los aspectos de la mente y sus efectos sobre la convivencia, con especialistas integrales en el estudio de la salud mental. Esto es preferible a solo dejarlo en un esfuerzo individualizado, con el peso de la industria farmacéutica en ese sentido. Basta de mandar a la gente a terapia solo porque el propio neoliberalismo nos volvió gente con menor esperanza en el porvenir pero que, con un esfuerzo colectivo, todavía podemos revertir.

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