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La maldita culpa no la tiene nadie…

postal PP horizontal Leo Collado (2)

Hay protestas que nacen de la indignación legítima, y hay protestas que nacen del descaro. Las que hoy intenta fabricar la oposición pertenecen, inconfundiblemente, a la segunda especie: primero las inflan en redes con bots que ni sombra tienen; luego intentan llevarlas a las calles, y cuando por fin salen… no va nadie. Son marchas que parecen ejercicios de resistencia al ridículo, no ejercicios ciudadanos.

Y, aun así, gritan; aún así, se quejan de la violencia, del crimen, del precio de la vida, del Estado que afirman no los escucha. Se quejan del dinero que no alcanza, de la inseguridad, de la incertidumbre. Pero el país tiene memoria; y la memoria, hermano, no les concede absoluciones.

Porque ¿quién destruyó el sindicalismo para dejar inerme al trabajador?

¿Quién convirtió el bienestar empresarial en dogma, y la evasión fiscal en deporte nacional?

¿Quién drenó los ingresos públicos que hoy serían hospitales, carreteras, becas, cultura?

¿Quién enseñó a los cárteles que la complicidad es más rentable que el Estado de derecho?

En sus manos, y hay que decirlo claro, era más fácil. Eran organizaciones más pequeñas, más contenibles, más vulnerables. Pero no hubo voluntad de combatirlas: hubo voluntad de dejarlas crecer, porque el poder, cuando se descompone, genera negocios que no caben en actas ni en discursos.

Hoy enfrentamos una criatura de veinte, treinta cabezas, cuatrocientas toneladas; y aun así se combate; aun así se sostiene y aun así avanza un país entero contra lo que ellos alimentaron.

Pero llegan, como si nada, a hacerse los sorprendidos; a hacerse los inocentes,  a hacerse los ofendidos.

Canta, con gran precisión, Buena Fe:

Denme la culpa de estallar cuando se arrime
la cobardía con disfraz de tolerancia.
Culpa coraje, culpa valiente,
esa otra culpa es la que aplaude el inocente.
Si corre el llanto, si no resulta,
lo que me jode, lo que me insulta,
que la culpa, la maldita culpa,
no la tiene nadie.

Entre ellos llevan años repitiéndose que la culpa no la tiene nadie; que lo que pasó “simplemente pasó”. Siguen diciendo que la violencia brotó como si fuera hierba espontánea, que la desigualdad es una fatalidad, que la corrupción fue un mal inevitable y que nadie, nunca, tiene la culpa cuando llega el momento de responder. ¿cómo que no la tiene nadie?

Que no es lo mismo previsores que adivinos,
que no es igual recitaci
ón, que improvisando;
que es preferible quien lo intenta y ha perdido
que quien blasfema pero nunca va intentado.
Culpa sin rostro como incentivos
para enfermarse de rechazo irreflexivo.

Vuelve a acertar, Buena Fe. Y no, no es lo mismo, nunca lo ha sido, prever que adivinar. No es igual la omisión del poderoso que el intento del pueblo. No es lo mismo arriesgarse por cambiar que refugiarse en la hipocresía.

 

Por eso levantamos la mano y reclamamos la única culpa digna:

La culpa valiente, la de señalarlos y decirles en su cara que ellos aún son los responsables de las tragedias por las que protestan. Que asuman su culpa; y nosotros asumimos la que estalla cuando la cobardía se disfraza de tolerancia, la que asume el peso de reconstruir lo que otros rompieron, la que no se esconde detrás de excusas envejecidas.

Porque lo que indigna, lo que jode, lo que insulta, es que quienes devastaron al país hoy jueguen a ser víctimas; que quienes corrompieron instituciones vengan a llorarlas; que quienes pactaron con el crimen vengan a denunciarlo; que quienes precarizaron al trabajador vengan a hablar de justicia social; y que quienes fundieron al Estado vengan a exigir cuentas.

Esa es la verdadera insolencia, porque, por muchos años, cuando ellos ostentaron el poder, callaban los gritos de alerta por lo que se veía venir; y hoy quieren ocultar esa mancha de sangre en las páginas de nuestra historia.

Lo que grita la calle, el informe lo oculta;
los que manchan la patria, la historia sepulta.

La calle ya habló: no los sigue. La gente ya habló: no les cree. Y la historia, aunque quieran, no les perdona. La culpa existe. La culpa pesa. Y, esta vez, ¿cómo que no la tiene nadie? La tienen ellos.

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