Pluma Patriótica

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La naturaleza es colectiva (parte 1)

Cuando una persona pretende maximizar sus ganancias y aprovechar los recursos naturales en forma individual sin considerar al conjunto y a otros que tienen las mismas aspiraciones y derechos, los recursos naturales tienden a agotarse y esto termina en una tragedia para todos. A este axioma Garrett Hardin lo llamó en 1968 la tragedia de los comunes.

Esta teoría fue el sustento de una gama de políticas públicas en el mundo entero sobre todo en su visión occidental para justificar la privatización de los bienes comunes. Un Estado débil, corrupto e inestable con falta de visión debería ser y en el mejor de los casos eliminados y su espacio ser ocupado por el sector privado que se encargaría de resguardar los bienes naturales que la plebe en un estado fallido no podrían controlar.

Esta perspectiva monárquica, o tiránica en algunos-casos, excluía a las comunidades del aprovechamiento de la riqueza natural. En toda la Europa medieval así se entendía a la naturaleza, como un coto privado de caza y aprovechamiento y esto último para los reyes duques y nobles, significaba derecho a saquear y abusar sin misericordia de todo lo que se moviera o estuviera en su territorio “por derecho divino”; hombres, niños, mujeres y jóvenes eran de su propiedad y por lo tanto podrían abusar de ellos como les viniera en gana.

Ese salvajismo des civilizatorio no desapareció por completo. Nuestro país, República federada que quiso despojarse de los tipos de abuso divino, no pudo con todo: 300 años de imponer una religión, una forma de vida, en síntesis, una colonización de las conciencias, impactaron en la relación de las colectividades con la naturaleza. No fue suficiente una revolución y antes una independencia para cambiar las reglas. Desde los años veinte del siglo pasado hasta final de los setenta, con honradas excepciones en el periodo de Lázaro Cárdenas, el Estado mexicano entegró concesiones y aprovechamientos de nuestras riquezas naturales a particulares. Grandes empresas forestales privadas y paraestatales aprovecharon y en muchos casos saquearon en forma indiscriminada los bosques y selvas en muchas partes del país. La Sierra Tarahumara, la Selva Lacandona, los bosques de Michoacán y Jalisco en el occidente y en el oriente el cofre de Perote y la región de los Tuxtlas, así como la sierra norte y sur de Oaxaca. Eran estos nuevos cotos de poder de muchas empresas que se enriquecieron a manos llenas y provocaron la pérdida de nuestra biodiversidad, el suelo, el agua y los bosques y selvas de distintos ecosistemas y dejaron regiones enteras empobrecidas y embrutecidas.

Afortunadamente, movimientos campesinos que luchaban por un pedazo de tierra no para cultivar solamente, sino para vivir, plantearon su derecho a formas reguladas y ancestrales en una relación culturalmente vinculada con la naturaleza. Desde los años ochenta y noventa, incluso a principios del nuevo siglo, muchas comunidades indígenas ya habían logrado recuperar sus predios, construyeron empresas sociales para manejar sustentablemente sus recursos durables. Existen muchísimos ejemplos exitosos, claro también fracasos, como le pasa a los particulares que fracasan en sus empresas.

Estudiosos de ejemplos mundiales de las acciones colectivas en el manejo y uso de recursos comunes, generó una corriente de pensamiento que refutó con evidencias empíricas y reflexiones ontológicas con miles de ejemplos en el mundo entero, documentadas entre otros a través de la Asociación Internacional de Estudios de la propiedad Comunitaria (IASP). Ha esta corriente pertenecía Elinor Ostrom (1935- 2012), Premio Nobel de Economía 2009. En efecto, con ejemplos claros y sobre todo de largo plazo y de historia, argumentó una perspectiva contraria a la de Hardín, es decir el axioma de “la tragedia de los comunes”, que solo sucede si no existe confianza mutua, deseo de cooperar y reglas y sanciones a los infractores.

He estudiado y apoyado por más de 35 años aprovechamientos colectivos de la naturaleza en cientos de comunidades en México y eso me ha permitido demostrar que existe una gobernanza social en nuestros territorios rurales. Cuando el Estado juega un papel regulador, pero no tutelar de la relación de las comunidades con su entorno, y cuando no otorga a individuos particulares ajenos a ese espacio los aprovechamientos naturales, incluido en subsuelo, es posible un manejo sostenible del mismo.

E igualmente en 24 años los gobiernos neoliberales de cuatro sexenios diferentes concesionaron (regalaron a empresas nacionales y sobre todo extranjeras las riquezas del subsuelo que nos pertenecen a los mexicanos. El gobierno de Calderón y el de Peña Nieto entregaron a empresas canadienses y empresarios ambiciosos mexicanos concesiones mineras, tantas que casi no quedó nada más que regalar, eso incluye la minería salvaje a cielo abierto sobre territorios colectivos, áreas protegidas, reservas comunitarias, e inclusive pueblos y territorios sagrados para muchas comunidades indígenas.

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