Ciudad de México a 5 diciembre, 2025, 18: 46 hora del centro.
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La política en tiempos de inmediatez

postal PP horizontal Jorge Vilchez

La política mexicana atraviesa una paradoja que parece insalvable, mientras la Cuarta Transformación piensa en décadas, en cambios estructurales y en justicia para las próximas generaciones; las plataformas digitales nos empujan hacia una lógica de segundos. La indignación dura lo que tarda en subir un trending topic. El debate se mide en likes y en reproducciones. La memoria política se borra en un abrir y cerrar de aplicaciones. El desafío para el Obradorismo es enorme, ¿cómo sostener un proyecto histórico en una sociedad atrapada por la inmediatez y la aceleración?

El sociólogo alemán Hartmut Rosa lo advirtió con crudeza: “La aceleración social no sólo cambia el ritmo de la vida, sino que transforma la forma en que entendemos el mundo y la política” (Aceleración y alienación, 2016). Esa aceleración se nota con claridad en México. La velocidad impuesta por los algoritmos genera un electorado cada vez más impaciente, que exige resultados inmediatos, aunque las transformaciones profundas, como la recuperación de la soberanía energética o el combate a la corrupción, requieren años, incluso sexenios, para consolidarse, pero cuando lo hacen transforman la vida de millones, como ya lo vemos con el alza al salario mínimo o con la pensión universal para adultos mayores.

Zygmunt Bauman ya había lanzado una advertencia similar cuando habló de la modernidad líquida: “Las instituciones sólidas se disuelven en un mundo líquido, donde nada permanece lo suficiente para adquirir forma estable” (Modernidad líquida, 2000). La política digital mexicana refleja esa misma volatilidad: hashtags que duran unas horas, liderazgos que aparecen y desaparecen con la misma rapidez con que circula un meme en WhatsApp. El riesgo para la izquierda es caer en esa trampa de lo efímero: convertir la política en espectáculo de consumo rápido, cuando su verdadera fuerza está en la organización paciente, en la construcción duradera de comunidad y en la memoria histórica del pueblo.

Basta ver lo ocurrido en los últimos años con X (antes Twitter). En momentos clave, como la discusión sobre la reforma judicial o la reforma por la soberanía energética, circularon tendencias artificiales que alcanzaron los primeros lugares durante unas horas, generando la ilusión de que existía una ola de opinión masiva en contra de las reformas. Sin embargo, esa “opinión pública digital” se esfumó tan rápido como apareció, sin capacidad real de trascender más allá del ruido inmediato. La 4T se ha sostenido, en cambio, en algo mucho más sólido: la organización territorial, la convicción popular y la construcción de consensos a largo plazo.

Pierre Bourdieu lo expresó con claridad: “el tiempo es un capital político que se distribuye de manera desigual” (Meditaciones pascalianas, 1997). Mientras el pueblo dedica su tiempo a sobrevivir, a trabajar jornadas largas y a sostener a sus familias, las élites políticas y mediáticas administran la política como si fuera un juego de inmediatez. Pueden comprar encuestas, manipular tendencias, montar espectáculos digitales, porque disponen de tiempo y recursos para jugar en ese terreno. La diferencia del Obradorismo ha sido devolverle el tiempo político al pueblo: reconocer que no se trata de ciclos de redes sociales, sino de proyectos de nación que tardan generaciones en consolidarse.

La política no puede reducirse a segundos de atención en TikTok ni a la espuma pasajera de un trending topic. La Cuarta Transformación se sostiene en otra lógica, en la de la paciencia histórica, la de la siembra que se cultiva y rinde frutos con el tiempo. El reto es claro: debemos usar las redes y los algoritmos, sí, pero sin someternos a su lógica acelerada y volátil. Morena tiene la tarea de combinar la inmediatez de la comunicación digital con la permanencia de un proyecto político que trascienda sexenios.

La política en tiempos de la inmediatez es, en el fondo, la lucha por recuperar la capacidad del pueblo de decidir su propio futuro sin la presión de un reloj impuesto por el mercado digital. Y esa es, quizás, la tarea más revolucionaria de nuestra era: demostrar que frente a la fugacidad de los segundos, la organización popular y la justicia social siguen siendo eternas.

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