Pluma Patriótica

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La porra homofóbica, un castigo machista y una solución popular

Miramar es una colonia de Zapopan en el Área Metropolitana de Guadalajara, de esas colonias que constantemente se le olvidan al gobierno, cuya ausencia ha generado estragos para la seguridad y los servicios básicos, entre otros.

También es una colonia profundamente futbolera en la que te encuentras con muchos niños, niñas y adolescentes que juegan fútbol en las tardes, con las retas entre jóvenes y los partiditos con cerveza de los adultos.

Afortunadamente, a pesar de las circunstancias de olvido, hay espacios —aunque insuficientes— para practicar este deporte. Esto ha generado una buena dinámica en la juventud; en especial entre los niños y niñas se ha creado un fenómeno muy peculiar, ya que no hay separación por género: los niños y las niñas juegan en el mismo equipo. Y se les puede ver entrenando codo a codo, sin mucha diferencia.

Aún desconozco el por qué se ha dado está situación, pero la primera vez que lo vi me causo una gran impresión positiva, específicamente porque comprendí que esto podría generar dinámicas más igualitarias entre niños y niñas mientras crecen, lo que contrasta con las diferencias inculcadas entre niños y niñas porque, una vez que crecieron, cuesta asimilar que muchas de las divisiones de género son meramente sociales y no están fundadas en una desventaja biológica.

Por ejemplo, cuando yo estaba en la preparatoria, participaba en el equipo de fútbol femenil. Todas las chicas que jugábamos éramos grandes apasionadas. Desgraciadamente, nunca nos tomaban en serio y en las prácticas el propio entrenador decía que no tenía que esforzarse con las «niñas» porque nunca íbamos a jugar bien.

Este pensamiento sigue permeando en el día a día de nuestra sociedad, creyendo que las mujeres son menos capacitadas, especialmente en los deportes —y con un particular ahínco en el futbol— las diferencias entre géneros están muy marcadas.

En días recientes, se viralizó la supuesta movida de la Federación Mexicana de Fútbol para buscar que la selección femenil sea la que pagara los partidos de suspensión, después de que la afición mexicana insistiera en emitir la porra homofóbica en los partidos de la selección masculina, a pesar de las constantes advertencias de la FIFA.

Este ejemplo de la porra homofóbica y la movida por perjudicar a la selección femenil mexicana nos demuestra que, a pesar de avanzar en asuntos trascendentales de igualdad de género, hay mucho que nos hace falta por hacer, en áreas que impactan mucho en el imaginario colectivo y en nuestros conceptos culturales.

En México, el fútbol tiene una amplia difusión; desgraciadamente, muchas de sus dinámicas deportivas, de afición y hasta económicas, no han considerado apostar también en el desarrollo femenino en dicho deporte.

No solo ha sido el fútbol el que se ha desarrollado como deporte machista, sino muchos otros en el país en los que hace falta incluir a las mujeres.

Si creemos que el deporte es una gran oportunidad para aportarle al desarrollo juvenil y mejorar la salud de la población, la lógica de las mujeres, niñas y jóvenes debe ser incluida con prácticas igualitarias, y ejemplos como el de Miramar en Zapopan puedem estar dándonos ya las soluciones.

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