A partir de 2018, comenzó una nueva etapa del poder institucional del Estado. La votación conseguida permitió que el curso de las acciones tuviera amplia legitimidad para la toma de decisiones. En efecto, el gobierno de la 4T optó por reformar la constitución para corregir aspectos trascendentales que estaban poniendo nuestro país a merced de los intereses trasnacionales. Dadas las condiciones, y gracias al trabajo irrestricto de los legisladores, el movimiento ha sentado un precedente importante no solamente en la soberanía, sino en la política de Estado, que ha generado claramente una enorme confianza en todos los sectores de la población. Es verdad que problemas como la pandemia pusieron a prueba la capacidad para maniobrar estrategias que permitieran inhibir el impacto.
Para aquellos que creyeron que el gobierno sucumbiría ante los desafíos, el proyecto de la Cuarta Transformación sacó la casta. Algo que debemos de sobresalir, además del ímpetu, es la entrega a las causas que aquejan al pueblo de México. Nuestro país ha ido atravesando coyunturas en distintas etapas de los gobiernos de Estados Unidos —políticas migratorias, tratados comerciales, cooperación en temas de seguridad, entre otros—. En ningún momento, pese a la enorme presión que se generó, México claudicó a los principios y valores en la defensa de la soberanía. De hecho, la Presidenta fijó su posición para salvaguardar la plena autonomía que tiene nuestra nación para tomar determinaciones.
Desde los tiempos de Andrés Manuel López Obrador, recuerdo, México dejó muy en claro que la soberanía no es un tema que pueda traspasar su esencia. Es, ni más ni menos, el respeto irrestricto a las políticas de Estado de cada territorio. La propia Claudia Sheinbaum, en reiteradas ocasiones, ha mencionado que habrá cooperación y colaboración en muchos temas que, de plano, nos unen estrechamente. Hablamos de asuntos de seguridad, rubros comerciales, ciencia, innovación y tecnología. Todo eso se entiende perfectamente. Es verdad, para el vecino país ha sido tan sencillo esbozar algunas acciones a través de decretos presidenciales firmados. Eso, desde luego, no tiene ningún efecto jurídico en México.
En esa defensa del ejercicio de la soberanía, especialmente para salvaguardar los intereses de la nación de México, la Secretaría de Relaciones Exteriores, a través de su canciller, ha hecho un trabajo impecable. Se ha comportado, como dijo la propia Claudia Sheinbaum, a la altura de las circunstancias, sin necesidad de rasgarse las vestiduras en temas diplomáticos con otros países. Hace unos días, por ejemplo, Juan Ramón de la Fuente, a través de un comunicado que trascendió, dejó muy en claro la postura del gobierno mexicano en cuanto al tema de la seguridad. Eso, que fue claro, se puntualiza en qué nuestra nación, por ningún motivo, permitirá ninguna injerencia, sea del país que sea. Esto significa respeto a la autonomía de una república como la nuestra.
Juan Ramón de la Fuente, efectivamente, ha echado andar cualquier mecanismo de comunicación y diálogo para que el flujo del entendimiento no rompa esa línea del respeto. Él, a propósito de ello, fue pieza fundamental del equipo negociador que, por supuesto, no podía pasar inadvertido, máxime cuando se logró un acuerdo histórico con el departamento de comercio de los Estados Unidos. No es una tarea sencilla. De hecho, se necesita, además de habilidad, mucha capacidad para resolver la tregua de 90 días que, en sí, permitirá encontrar una salida a largo plazo. En efecto, se superó cualquier expectativa que se había depositado. La cancillería, por supuesto, fue la palanca de impulso para dar paso a este nuevo periodo de pláticas.
Desde la cancillería, podemos decirlo así, predominaron los buenos oficios de Juan Ramón de la Fuente, pues él, hombre de todas las confianzas de Claudia Sheinbaum, es una pieza fundamental. La mejor evidencia, desde luego, es también la férrea defensa de la soberanía para salvaguardar las decisiones que tome el país como República. El mismo canciller, que aludió a qué nada justifica la amenaza de injerencia de EU en temas de seguridad, mostró sus credenciales. México, en efecto, tiene un andamiaje detallado y organizado para la pacificación a lo largo y ancho del territorio nacional.
Y en algo que incumbe solo a México, sala a escena la eficiencia de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Esa dependencia, bajo la batuta de Juan Ramón de la Fuente, está al cuidado minucioso para salvaguardar el valor más sagrado de nuestro ejercicio democrático: la defensa de la soberanía. Habrá cooperación, pero no sumisión.




