Ser de izquierda o de derecha es relativo. Quizás sea relativo a la historia y relativo al contexto. Hoy, en México, la realidad inmediata presenta dos visiones: el neoliberalismo y el antineoliberalismo; la derecha y la izquierda.
Así, cuando se habla de los conservadores, se habla de dos cosas: ser neoliberal y ser de derecha.
Asentemos dos hechos:
- Existen dos proyectos de país opuestos: el del gobierno y el de la oposición.
- El de la oposición es un proyecto neoliberal, el del gobierno es antineoliberal.
Por eso es tan acertado llamar conservadores a quienes quieren mantener el régimen neoliberal, porque quieren conservar el régimen anterior. Lo curioso es que parece que nadie quiere definirse así. La derecha en México, representada por el PRI, PAN, PRD y anexos, se avergüenza de hacerse llamar como tal. El neoliberalismo es meramente una teoría económica y política; una manera de ver el mundo que rigió durante casi 40 años en México y se detuvo en 2018. Pero ahora nadie quiere hacerse responsable de esos 6 sexenios. La oposición desvirtuó a tal grado su propia naturaleza que ahora se niega a sí misma. Les avergüenza porque fracasaron. Y es tan evidente, que todo lo que huela a neoliberal, apesta. En parte por su misma definición y en parte por cómo se implementó en México.
El neoliberalismo defiende la reducción al mínimo de la intervención del Estado. Ese vacío lo llena el poder económico, las grandes empresas, los dueños del dinero. Según esta teoría, la hacienda pública existe para apoyar a los grandes consorcios, y la policía para defender la propiedad privada. Desde su perspectiva, la política económica no debe basarse en las necesidades sociales, sino en algunos algoritmos matemáticos que permiten garantizar la acumulación de la riqueza.
La lógica del neoliberalismo es que si se beneficia a un pequeño sector, el bienestar va a permear hacia los de abajo. Es una lógica económica de contagio. (“Al carajo con ese cuento”, AMLO dixit).
Esto creó un grupo reducido de grandes potentados económicos, unas cuantas familias y empresas, que no solo se veían beneficiadas por los recursos públicos, sino que tomaban las decisiones del rumbo del país. Decidían cómo se usaba el dinero, quiénes se veían beneficiados e incluso quiénes gobernaban.
Pero el bienestar no permeó. Después de 36 años de periodo neoliberal se profundizó una desigualdad social lacerante. Y solo un sector de la población se vio beneficiado.
Resultado de esta desigualdad, se incrustó en las mentes de los promotores de este modelo, una retorcida idea del derecho a la superioridad que atizó maneras de pensar y actuar clasistas y racistas en México; creyéndose, además, merecedores de toda impunidad.
Por si fuera poco, los gobiernos del PRI y del PAN aderezaron su visión de país con una nueva forma de corrupción que va de la mano con ese poder económico, haciendo del pillaje y la sumisión a los designios de Washington una forma de gobierno.
Los gobiernos neoliberales quisieron copiar el modelo económico de Estados Unidos, en su clásica conducta de veneración al vecino del norte. Pero olvidaron, o no quisieron ver, que dicho país ha podido paliar medianamente la desigualdad gracias a su historia de saqueo a otras naciones, principalmente en América Latina.
El neoliberalismo genera desigualdad por definición, y por lo tanto sólo es sostenible si se compensa robando a otros países.
Pero llegó el momento en que la mayoría de la gente en México se dio cuenta de todo esto: de la desigualdad, del clasismo, del racismo, de la corrupción y de la impunidad. Y los conservadores saben que sabemos. Por eso ahora usan máscaras. Se disfrazan de feministas, de izquierdistas o de ambientalistas. Porque, aunque el neoliberalismo sea su bandera y el proyecto que les conviene, decirlo abiertamente los desvirtúa aún más.
Y es así como ahora, Claudio X. González, principal operador de la infructuosa alianza entre el PRI, el PAN y el PRD, dijo el mes pasado en una entrevista que él se considera de izquierda. ¡De izquierda! Es decir, que llegó a la conclusión de que les es más provechoso mentir y disfrazarse con la bandera ideológica del gobierno, a reconocer su visión del mundo. Porque aceptar ser lo que son los hundiría aún más.
En otro ejemplo, el extremo ridículo sucedió hace unas semanas cuando en el PAN se ofendieron porque Andrés Manuel López Obrador dijo que la UNAM se había derechizado. Es decir, que los de la derecha se ofendieron porque alguien dijo que algo es de derecha. ¡De risa! Están moralmente derrotados.
En esas andamos. Con dos proyectos opuestos de país. Uno fracasó para la gran mayoría de los mexicanos, y el otro lucha a diario por demostrar que sí existe otra manera de hacer política y de gobernar. Una que dice que preocupándonos primero por los de abajo, sin robar, sin mentir y sin traicionar, podremos sacar a México del atolladero en el que nos dejaron.



