La vida local, compromiso global

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La vida local, compromiso global

Por Pedro Álvarez Icaza | viernes, 22 de enero del 2021.

Hace pocos días pude ver la experiencia de las nuevas y viejas prácticas comunitarias de la ciudad de Valencia en España y su apuesta por el abasto local. Esto me hizo recordar a Schumacher, que decía que “lo pequeño es hermoso”; esa frase tiene al menos 40 años. Desgraciadamente, las políticas públicas, los intereses económicos y la sensación de progreso está asociada a que lo majestuoso y lo grande son una expresión de crecimiento, desarrollo y una manera muy peculiar de mostrar la civilización de la humanidad.

Los modelos de desarrollo centralizados de las economías capitalistas o de Estado, en el mundo entero, han privilegiado el crecimiento de sus ciudades y sus periferias sobre el crecimiento de sus regiones -quizá Francia se salva un poco-.  Los Burgos, de donde surgió el nombre de burguesía, se han convertido en los “cotos privados de caza” y vida protegida y aislada.  Las clases privilegiadas han pretendido usurpar los pocos espacios comunitarios y barriales que existen. Es el caso de la “Torre Mitika” en la alcaldía Coyoacán, que ha trastocado la vida del barrio tradicional de Xoco, que se niega a morir, en su historia y costumbres, a pesar de la Cineteca Nacional, las oficinas de BANCOMER y del Centro Comercial Coyoacán.  Los más liberales, entre fifís y chairos, han apostado a una visión folclórica del barrio, en muchos casos descomponiendo las formas y costumbres locales. Recomiendo escuchar a Alvibi, joven cantautor de Rap que revindica su ser de clase media. Básicamente, en su canción anti-barrio, defiende que no escogió su origen, pero sí su derecho a pisar la misma calle. 

Más allá de todo lo anterior, lo que quiere enfatizar esta contribución, es expresar y valorar la vida local. Originalmente lo pensé en el consumo; es decir: hacer las compras “a tiro de piedra”, digamos a un 1 km de distancia, propiciando un consumo local. No obstante, me di cuenta de que no solo está basado en el propio consumo, sino que debe orientarse en el cambio de nuestra forma de vida hacia una barrial, local y comunitaria e inclusive regional. 

La pandemia, como yo y muchas personas más hemos dicho antes, se ha convertido en un extremo de oportunidad para pensar nuestro modelo de desarrollo, personal, familiar comunitario y nacional. Covid-19 evidenció lo frágil que pueden ser los sistemas globales. 

Depender de la importación de Amazon asociada a China no solo acentúa la huella ecológica en el traslado de un producto, sino además nos hace depender inexorablemente de otros productos, personas y empresas muy lejanas a nuestra realidad, lo que desalienta a productores de nuestro espacio vital.  Quizás es inevitable cuando hablamos de tecnologías, pero muy sustituible en las necesidades esenciales, como en consumos directos -la alimentación-, el traslado, la sanación e inclusive las actividades lúdicas. Netflix no puede ser la única forma de distracción cuando por fin apagamos la computadora después de tener innumerables videollamadas vinculadas con el trabajo distancia.

Mi posición sobre las geografías rurales y locales como territorios de esperanza está respaldada en mi propia observación del mundo rural y de pequeñas comunidades, no a muchos kilómetros de la ciudad de México, pero también con evidencias de colegas y amigos que viven en ciudades intermedias del país. Estamos observando el retorno de muchos jóvenes que se quedaron sin trabajo en la ciudad o fueron expulsados por las políticas migratorias de Estados Unidos y que ahora están buscando formas diferentes de incorporarse a la vida comunitaria y barrial en sus localidades desde nuevas ópticas, pero con recuperación del arraigo.

La reapropiación social de la naturaleza por el cultivo en el traspatio (ekuaro, huerto, milpa, o solar) se ha convertido en una salida nada despreciable de consumo local ante la crisis global que vivimos todos.

No importa si estamos viviendo en una de las ciudades más grandes del mundo o una comunidad marginada: las posibilidades de la vida local se convierten en una gran oportunidad para pensar otro modelo de desarrollo. Fifís y chairos consumimos, hagámoslo con mayor conciencia ambiental y cultural. Me explico: apostar por la selección de lo reusable o renovable no es cambiar la inercia de los ya grandes proyectos de infraestructura petrolera y su industria asociada por enormes campos eólicos o grandes extensiones de celdas solares. Quizá no hay que renunciar a ellos, pero con el mismo añico deberíamos impulsar como política pública el desarrollo de cientos de miles de proyectos comunitarios de energía local usando el sol, los ríos, los vientos y las mareas para producir energía. Tarde o temprano la energía fósil será obsoleta, no porque no la haya sino porque su costo de extracción será mucho mayor que el valor de mercado. Omar Macera, investigador de la UNAM y premio Nobel de La Paz (miembro del panel intergubernamental que compartieron al mismo tiempo el premio cuando se le otorgó al Al Gore, por el gobierno sueco) ha dicho en muchos foros que más valdría 96,000 sueños realizados en referencia expresa al número de comunidades marginadas de este país, que cuatro mega sueños de cuestionable sostenibilidad ambiental para el futuro energético de este país. Él bien lo señala en sus conferencias: Dinamarca en los ochenta y vinculado con la crisis del petróleo y su necesidad apremiante y no renunciable de tener de energía para producir calor en las casas de sus habitantes, cambió su política energética de 50 grandes empresas generadoras a 500 distribuidas por todo el país.

¿Porque en un país donde hemos optado por los pobres, no impulsamos una política que privilegie lo local sobre global? Al menos habría que repensarlo.
 

Por Pedro Álvarez Icaza | viernes, 22 de enero del 2021.

Pedro Álvarez Icaza

Pedro Álvarez Icaza. Experto en política ambiental y en gestión y manejo de recursos de cooperación multilateral internacional. Forma parte del programa de líderes ambientales de El Colegio de México.

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