Pluma Patriótica

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Las batallas perdidas

Una visión política conservadora considera que el protagonismo en la historia corresponde únicamente al individuo. Se trata de una visión elitista que concibe que el rumbo de la sociedad solo lo pueden definir los personajes “notables” y las élites que ellos mismo componen; lo que deja al Pueblo en un papel secundario, como una masa susceptible de ser manipulada. En la acción política, el papel de los dirigentes no es menor, pues en ellos cae el peso de la toma de decisiones; no obstante, un proyecto de izquierda no puede depender únicamente de una persona, sino de la voluntad popular de la cual es tan solo un intérprete. La planificación de cualquier actividad colectiva es indispensable para llevar las acciones individuales al puerto deseado, más en situaciones límites como cualquier confrontación. Sin ánimo de excusar a nadie de sus actuales responsabilidades, es necesario que volteemos a la historia patria para extraer como lección, la trascendencia de las decisiones previas.

Durante la Intervención estadounidense, la defensa de la capital en agosto de 1847 fue una decisión que asumió Antonio López de Santa Anna al volver a tomar bajo su responsabilidad la Presidencia de la República. A esta determinación le precedió su exilio en Cuba, donde entró en contacto con representantes secretos del gobierno de Estados Unidos para que se le permitiera regresar a México a cambio de que aceptara “ajustar las fronteras”. Contrariando ese acuerdo, (¿traicionado?) se puso al mando del ejército mexicano para casi triunfar y retirarse en la batalla de Angostura, y caer en la batalla de Cerro Gordo, lo que despejó el camino del ejército invasor rumbo a la capital de país.

Para fortificar una ciudad como la de México eran necesarios enormes recursos materiales con que no se contaba, así que se tuvo que echar mano de los que estaban disponibles. En el Peñón de los Baños se encontraba la principal línea de defensa en el camino a Puebla al oriente; los puestos —algunos inconclusos— de Mexicaltzingo, San Antonio y el convento y puente de Churubusco resguardaban la ciudad por la línea sur; el castillo de Chapultepec —fortificación natural— era el mejor punto para operar la artillería que cubría junto a las garitas fortificadas de San Cosme y Santo Tomas el oeste de la ciudad. En la premura, otras garitas fueron improvisadas como fortificaciones en Vallejo, Nonoalco y Peralvillo hacia el norte. En las fraguas se trabajó a marchas forzadas para reparar los cañones estropeados y tratar de proveer los fusiles necesarios que eran provistos de municiones desde la fábrica de pólvora de Santa Fe. Así apenas se lograron reunir 104 piezas útiles de artillería. A pesar de la corrupción imperante en el manejo de los recursos públicos, para la causa de la defensa se contó con numerosas donaciones que siguieron siendo insuficientes para la cantidad de necesidades a resolver.

La verdadera fortaleza de los defensores estaba en la respuesta popular que provocó la invasión, pues junto a los más de 30 cuerpos del ejército y agrupamientos de soldados profesionales llegados de todos los rincones del país, las tropas nacionales se vieron reforzados con los civiles de la ciudad de México que se apresuraron a recibir una breve formación militar para integrarse a la defensa. Aún con todo este esfuerzo, apenas se logró alcanzar casi 20 mil efectivos para cubrir todos los puntos alrededor de la extensa ciudad. La estrategia mexicana era resistir atrincherados en cualquiera de estos puntos el embate de las tropas norteamericanas, pues se contaba que el ejército del norte, al mando del general Gabriel Valencia y la caballería bajo las órdenes del general Juan Álvarez, pudieran quebrar desde un costado y la retaguardia el orden de los atacantes. Lo que sostuvo la esperanza de un triunfo mexicano era la moral de los habitantes y las entusiastas tropas que se apresuraron a participar en la defensa de la capital de México. El momento de peligro para la soberanía nacional impuso la unanimidad en torno a la figura del general Santa Anna; incluso entre sus numerosos detractores, los partidarios de la intervención tuvieron que callar en medio del fervor popular.

A pesar de la esperanza concitada, este plan pronto se vino abajo por el cálculo incorrecto de algunos mandos militares que se apresuraron a enfrentarse a un enemigo disciplinado e insubordinaciones que chocaron con el carácter colérico de propio Santa Anna —renuente a intervenir cuando se han contradicho sus órdenes—; al tiempo que, en medio de la batalla, seguía haciendo cálculos políticos. Así es como la derrota del Ejercito del Norte en la batalla de Padierna presagia el desenlace fatídico para la capital. A partir de ahí, la orden de Santa Anna solo fue la retirada, lo que termina por desmoronar la moral que sostenía muchas de las fortificaciones que aún no entraban en acción. Esta contradicción entre un ejército sostenido tan solo por su voluntad para enfrentar a un enemigo militarmente superior y la búsqueda partidaria para que prevalecieran los intereses del grupo en torno a la figura de Santa Anna, (sin entrar a especular que existiera un pacto previo) fueron suficientes para provocar el desastre.

Uno de los mayores sacrificios de estas decisiones se escenificó en el convento de Churubusco, donde se trabó un encarnizado combate para permitir la retirada del ejército, con Santa Anna a la cabeza. Ahí, los cuerpos de la Guardia Nacional, Independencia y Bravo, junto al celebre Batallón de San Patricio, bajo las órdenes de los generales Manuel Rincón y Pedro María Anaya, sostuvieron el plan original de resistir atrincherados, pero sin la esperanza de verse reforzados por la tropa que se retirada. Determinar si esto fue o no una traición de Santa Anna, solo sirve para que los historiadores profesionales sigan trabados en discusiones, pero en el ánimo popular quedó el ejemplo de los defensores de Churubusco que, solo recibiendo como apoyo o como cruel burla, parque de calibre distinto a sus fusiles, tuvieron que echar mano de piedras y manos para sostener su posición. Siguiendo este ejemplo, cuando la intervención se consumó y ondeó la bandera norteamericana en el Palacio Nacional, fuero los mismos habitantes de la capital quienes en repudio lanzaron piedras al paso del ejército invasor.

“Si hubiera parque, no estaría usted aquí” es la frase del general Anaya que sintetiza no solo la voluntad nacional que aun en la derrota no flaquea, sino la impotencia de saberse saboteado por la propia autoridad en las que se confió. En momento de repliegue, es común lanzar el epíteto de traidor al oponente político para desentenderse de las propias responsabilidades, más que calificar si Santa Anna o cualquier otro dirigente fue o no un traidor, una verdadera visión histórica es capaz de valorar los resultados desastrosos de decisiones políticas que siguen teniendo trascendencia en el presente.

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