Las memelas

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Las memelas

Por Diego Mejía | viernes, 31 de julio del 2020.

Los programas sobre comida suelen ser deliciosas invitaciones a visitar un lugar o simplemente a construir la imagen de una ciudad, región o país. Su existencia puede ser chocante, pero es necesaria. Estas emisiones sirven para socializar una idea y posicionar un producto. Son buenos vehículos de comunicación, como un buen nacho para untar de queso fundido.

El gran riesgo con los programas que hablan de comida es que se conviertan en recomendaciones pagadas, listas personales de paladares sosos o emisiones en las que la comida poco espacio tiene en la mesa. La receta es sencilla: algunos acordes de música tradicional, muchos colores, niños, perros, detalles para la geolocalización del melodrama, pizca lacrimosa, superación personal, fe, esperanza y caridad. Todo se revuelve con el mismo ritmo sin importar el lugar. 

Curioso. Muchos de los programas “gastronómicos” tiene un efecto contrario a lo que buscan: en lugar de celebrar diferencias construyen semejanzas y paralelos: piensa en comida rápida, hoteles ejecutivos, sucursales de Starbucks, lugares que siempre son el mismo sin importar dónde se encuentren., que son decorados para historias prefabricadas, torpes y ñoñas. Experiencias para personas que quieren comer una tostada sin mancharse las manos; vivir de lejitos, quedito, con miedo. 

Prueben si no: ponen un par de detalles lacrimosos –nadie se resiste a una historia de superación o amores triunfante– y de bocado una memela. El episodio sobre la comida callejera de Oaxaca, que compone la serie de Street Food en Latinoamérica de Netflix, es justo eso: insípido y torpe; es crocante pero sin chiste: una deliciosa dirección de fotografía que condimenta nada… y tampoco dice nada, porque quiere hablar de todo…. Pero la comida realmente no importa. 

La sacralidad y la ritualidad de la vigorosa gastronómica oaxaqueña fueron reducidas a una historia personal, a una telenovela entre el Mitla y la Central de Abastos. Pocos lugares, al menos en México, poseen la sofisticación culinaria oaxaqueña, donde la comida significa tanto; en muchos menos, la gente sabe distinguir, diferenciar y decidir entre sabores, texturas, historias. Tal parece que los  oaxaqueños experimentan  el  rito inicial en una secta deliciosa. Tal parece que en Oaxaca, podemos intuir 8 mil años de historia en el mole chichilo. Tal parece que eso no importa. ¿Quién se resiste a una historia de éxito changarrero? 

Una lástima.

Las buenas historias de la comida no hablan de individuos, sino de gente. Las personas son recetas; la gente, tradiciones, comercio, trabajo, sufrimientos, tensiones, épocas buenas y momentos terribles. Lo que tenemos en el plato contiene lo que somos, determina lo que aspiramos, lo que soñamos e incluye también nuestras resistencias. 

En el plato mezclamos y entendemos que nada de lo que poseemos nos es exclusivo. Al contrario, la comida se trata de consensos de parámetros y de lenguaje. Existe en medida que es degustada por los demás. Si preparamos algo, y nadie lo prueba, es nutrición. 

 Si en una historia de comida no entendemos el contexto, no ha sido nada, sino apenas un bocado carente de personalidad, de perspectiva; artificial; una cucharada de glutamato monosódico. 

P.D. Al menos en el resultado televisivo, ganó el ceviche.

Por Diego Mejía | viernes, 31 de julio del 2020.

Diego Mejía

Juntaletras por necesidad y mezclapimientas por el puro gusto. Me dedico a ser preguntón en entrevistas, cabinas de radio o grupos focales. He sido copy, reportero de un programa de deportes y director de una revista de emprendedores. Twitter: @diegmej

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