Ciudad de México a 11 marzo, 2026, 4: 08 hora del centro.
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Lenia Batres ahorra al Pueblo, oposición inventa mentiras

postal PP horizontal Hector Zariñana

En México, hablar de Lenia Batres Guadarrama es hablar de congruencia, austeridad y compromiso con la justicia social. Desde que asumió el cargo de ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ha demostrado que su prioridad no es el privilegio personal ni la ostentación de un poder ajeno al pueblo, sino el servicio auténtico a la ciudadanía. Esa diferencia fundamental explica por qué se ha convertido en blanco de la derecha recalcitrante, de una oposición enferma de odio y mentira, y de las granjas de bots que reproducen sin descanso sus ataques.

Uno de los aspectos más notables de la gestión de la llamada #MinistraDelPueblo ha sido su decisión de no gozar de los onerosos privilegios que históricamente acompañan a los ministros de la Corte. Renunció al salario de más de medio millón de pesos mensuales que, durante décadas, fue símbolo del derroche y de la distancia entre el poder judicial y la sociedad. En su lugar, optó por recibir un ingreso mucho más cercano al del Presidente de la República.

La derecha, incapaz de debatir con argumentos, ha optado por la difamación. Sus voceros en los medios de comunicación corporativos, sus líderes políticos carentes de credibilidad y sus ejércitos de bots en redes sociales han emprendido una campaña de desprestigio contra la ministra. La acusan de todo, desde incapacidad hasta radicalismo, cuando en realidad lo que les molesta es que rompe con la tradición de ministros que viven en la opulencia, alejados de la realidad nacional.

La reacción de la oposición tiene explicación: temen a una mujer que no responde a los intereses de las cúpulas empresariales ni a los grupos de poder que históricamente han capturado a la justicia en México. Lenia Batres fue una voz incómoda en un Poder Judicial corrupto que se resistió a transformarse. Su presencia desnudó los privilegios de sus colegas y exhibió la profunda desconexión entre la Corte y el pueblo. Por eso los ataques son feroces, porque su ejemplo es contagioso y su coherencia deja en evidencia la hipocresía de quienes se dicen “defensores de la democracia” mientras viven del saqueo y la mentira.

El ataque más reciente se centra en la difamación. Se ha intentado instalar la mentira de que Lenia Batres votó a favor de otorgar un “ingreso por alimentos” de 65 mil pesos mensuales para cada ministro, un verdadero insulto en un país donde millones de familias sobreviven con salarios precarios. Esta versión es absolutamente falsa. Quienes impulsaron y votaron a favor de esa aberración fueron la ministra Norma Piña y su pandilla, los mismos que han defendido sueldos faraónicos, fideicomisos multimillonarios y canonjías que nada tienen que ver con la justicia.

La oposición racista y clasista la agrede no solo por sus decisiones administrativas, sino por lo que representa, formada en la lucha social y comprometida con la transformación de México. En un país donde las élites han pretendido que el poder es exclusivo de unos cuantos, la figura de Lenia rompe esquemas. Su sola presencia incomoda a los sectores conservadores que no conciben un Poder Judicial cercano al pueblo.

Las granjas de bots cumplen un papel central en esta guerra sucia. Día tras día, fabrican tendencias artificiales en redes sociales, repiten insultos y mentiras, intentan manipular la conversación pública. Pero, a pesar de esa maquinaria millonaria, no han logrado opacar la claridad del mensaje: la ministra Batres es una funcionaria honesta, austera y comprometida. Su voz resuena con fuerza en la exigencia de que la justicia deje de ser un instrumento de las élites y se convierta en una herramienta al servicio de la mayoría.

La batalla que enfrenta Lenia no es personal, es política y social. Ella encarna el choque entre dos proyectos de nación: el de la derecha neoliberal, corrupta y mitómana, que defiende el viejo régimen de privilegios.

Defender a la ministra Lenia Batres es defender la congruencia, la austeridad y la dignidad. Es reconocer que en la Corte hoy existe una voz distinta, que incomoda porque habla desde la ética y no desde el privilegio. Y es también una tarea militante: desenmascarar las mentiras de la oposición y confrontar la guerra sucia de los bots con la fuerza de la verdad.

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