Hay algo que la izquierda latinoamericana debe admitir sin rodeos: en 2025 no perdió solo elecciones, perdió conversaciones. Perdió charlas de sobremesa, trayectos en transporte público, pláticas en la fila del mercado y silencios cargados de hartazgo. Mientras la política seguía hablando en consignas, mucha gente dejó de sentirse escuchada.
Cuando una persona vota por la ultraderecha no siempre lo hace por odio o ideología. Muchas veces lo hace por cansancio. Cansancio de vivir con miedo, de no llegar a fin de mes, de sentir que el esfuerzo no alcanza y que el futuro se achica. Cansancio de promesas bien intencionadas que no cambiaron lo esencial de su vida cotidiana.
La izquierda, durante años, habló de justicia social —y con razón—, pero no siempre logró que esa justicia se sintiera en la calle. ¿De qué sirve un gran discurso sobre derechos si el trayecto a casa es peligroso? ¿Cómo convencer a alguien de que el país avanza si su salario no alcanza, si el hospital no funciona o si su hijo piensa que emigrar es la única salida?
La ultraderecha entendió algo básico: la política también es emoción. Supo ponerle palabras al miedo y al enojo, aunque sus respuestas fueran simplistas o incluso peligrosas. Prometió orden cuando había incertidumbre, autoridad cuando la gente sentía abandono. No ofreció un mejor mundo, ofreció control. Y para quien vive en el caos, eso puede sonar a alivio.
La izquierda, en cambio, a veces pareció hablar desde arriba. Desde el diagnóstico correcto, pero sin el abrazo. Desde el dato, pero sin la empatía. En nombre de causas necesarias, se fue alejando de las preocupaciones inmediatas de muchas personas. Y cuando alguien se siente ignorado, busca a quien al menos lo mire a los ojos, aunque le mienta.
Humanizar la reflexión implica reconocer errores sin excusas. Implica aceptar que no basta con tener razón, hay que ser cercanos. Que no alcanza con gobernar para el pueblo, hay que gobernar con el pueblo. Escuchar incluso cuando duele. Incluso cuando lo que se escucha no encaja con nuestras certezas ideológicas.
Hay que volver a hablar de seguridad sin miedo ni prejuicios. Porque la inseguridad no es una obsesión conservadora: es una experiencia diaria. La viven las mujeres que regresan tarde a casa, los jóvenes que crecen entre la violencia, los comerciantes que lo pierden todo en un asalto. Si la izquierda no da respuestas claras ahí, otros lo harán.
También hay que recuperar la esperanza material. La gente necesita sentir que su vida puede mejorar, no en diez años, sino ahora. Trabajo digno, oportunidades reales, servicios que funcionen. Sin eso, cualquier proyecto transformador se queda en el papel.
La democracia, además, no puede ser solo una bandera defensiva frente al autoritarismo. Tiene que sentirse viva: gobiernos que rectifican, que reconocen errores, que no se enamoran del poder ni desprecian la crítica. La arrogancia ha sido una de las mayores derrotas del progresismo.
Los triunfos de la ultraderecha en 2025 no son el final de la izquierda latinoamericana, pero sí una advertencia seria. Todavía hay tiempo, pero no infinito. Volver a escuchar es la tarea urgente. Escuchar a la gente común, a la que no escribe columnas ni asiste a foros, pero vive todos los días las consecuencias de la política.
Porque cuando la izquierda deja de escuchar, el miedo ocupa su lugar. Y el miedo, cuando vota, rara vez lo hace por la esperanza.





