Durante décadas, la derecha no solo gobernó desde las instituciones: gobernó desde las ideas. Dominó el lenguaje, moldeó el sentido común, estableció qué se podía decir y qué no, quién tenía derecho a hablar y quién debía callar. Eso es lo que Antonio Gramsci llamó hegemonía: el ejercicio del poder no por la fuerza directa, sino por la construcción de consensos que hacen parecer natural lo que es, en realidad, una imposición histórica.
Desde esa hegemonía, la derecha censuró sin necesidad de prohibir. No hacía falta cerrar medios: bastaba con saber a quién financiar. No hacía falta encarcelar periodistas: bastaba con marginar las voces disidentes, clasificarlas como “ocurrencias”, “radicalismos” o “resentimientos”. No hacía falta quemar libros: bastaba con reescribir la historia desde los privilegios.
Hoy, esa hegemonía está en crisis. Y por eso gritan “¡Censura!”.
Pero no hay censura. Hay una batalla cultural en curso, una disputa por el sentido común de nuestro tiempo. Lo que está en juego no es quién puede hablar —porque pueden hablar, y lo hacen todos los días—, sino quién puede ser creído. Quién tiene legitimidad, y quién no. Y, sobre todo, por qué la perdió.
Porque hablar, cualquiera puede. Pero tener autoridad moral para interpretar la realidad es otra cosa. Y eso ya no se construye desde un escritorio o una concesión: se construye desde abajo, con coherencia, con memoria, con pueblo.
Lo que no soportan es que ya no son ellos.
Ya no son los únicos que marcan la agenda. Ya no son los árbitros del debate público. Ya no tienen el monopolio de la verdad. Y eso, para quien se pensó dueño del país —y de su narrativa—, es insoportable.
Dicen que los censuran porque desde el poder se les responde. Pero ¿acaso no es legítimo que un gobierno democrático debata, confronte, contraste datos? ¿Desde cuándo la crítica es un privilegio exclusivo de las élites mediáticas?
Confunden censura con contradicción. Refutar sus mentiras, señalar sus omisiones, exhibir sus montajes no es silenciarlos: es desenmascararlos. Y eso es lo que no toleran.
Porque siguen hablando, publicando, transmitiendo… y también siguen mintiendo. Lo que cambió no es su capacidad de difundir, sino que ahora hay quien responde. Una Presidenta que no se calla, un movimiento que los enfrenta y un pueblo que ya no traga entero.
La supuesta “libertad de expresión” que defienden es, en realidad, su antigua capacidad de imponer su discurso sin ser interpelados. Porque lo que añoran no es la libertad, sino la obediencia. Lo que extrañan no es el debate, sino el silencio del otro.
Ese tiempo terminó.
Hoy hay mañaneras donde el poder da la cara y se somete a preguntas todos los días. Hay redes donde las voces populares discuten, refutan, confrontan. Hay nuevos medios, nuevas plataformas, nuevos referentes. Y lo más importante: hay memoria histórica y conciencia de clase.
Hay una transformación en curso, y no es solo jurídica, ni institucional, ni económica.
Es una transformación del relato. Una revolución cultural donde el pueblo dejó de ser objeto y empezó a ser sujeto. Sujeto de su historia. Sujeto del discurso. Sujeto del poder.
Eso es lo que verdaderamente los desestabiliza: que la hegemonía está dejando de ser suya. Que la correlación de fuerzas simbólicas cambió. Que ya no pueden seguir usando el lenguaje como muro de contención ante los avances del pueblo.
Gramsci decía que toda transformación social profunda es también una revolución intelectual y moral. Eso estamos viviendo. La Cuarta Transformación no es solo una nueva etapa política: es un proceso contrahegemónico que está desmontando la vieja estructura simbólica construida por las élites. Una estructura donde ellos decidían lo que era sensato, moderado, “profesional”.
Y ahora que el pueblo habla, lo llaman populismo. Ahora que se expone su hipocresía, lo llaman ataque. Ahora que ya no se les cree, lo llaman censura.
Mientras tanto, personajes como Ricardo Salinas Pliego —que utiliza una concesión pública para enriquecerse y para financiar su grupo de choque mediático— se presentan como víctimas del “autoritarismo” por el simple hecho de tener que rendir cuentas o pagar impuestos.
Pero él no es una excepción: es un símbolo. Porque no se trata solo de crítica —la crítica es legítima—, sino de manipulación deliberada, de mentira como estrategia, de desinformación como arma. No se trata de libertad de expresión, sino de la defensa de un privilegio que ya no es absoluto.
Y eso es lo que verdaderamente les duele.
Porque el problema no es que no puedan hablar. Es que por fin hay quien responde.
Y lo más importante: por fin hay millones que ya no les creen.




