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Lords y ladies: el rostro del clasismo y el racismo en México

Ivan J PP-H

«¡Muera el clasismo, muera el racismo!»
Andrés Manuel López Obrador (15 de septiembre de 2022)

 México es un país lleno de contradicciones: en el que se presume su diversidad cultural, pero se discrimina a sus pueblos originarios; celebra su historia indígena, pero margina a quienes la representan; se dice democrático, pero se estructura sobre desigualdades históricas que siguen vigentes. Dos de los pilares invisibles que sostienen esas desigualdades son el clasismo y el racismo, fenómenos profundamente entrelazados que condicionan el acceso a derechos, la movilidad social y el valor simbólico de cada individuo.

Fanon plantea que el racismo no es natural ni biológico, sino una construcción histórica del sistema colonial. En obras como Piel negra, máscaras blancas y Los condenados de la tierra, explica cómo el racismo fue una forma de justificar la opresión de pueblos no europeos: “El racismo no es un accidente. Es el método del sistema colonial para asegurar su dominio.”

Por su parte, Bell Hooks, el clasismo es una forma de opresión que desvaloriza a las personas pobres y glorifica a las clases altas, y está profundamente entrelazado con el racismo, el sexismo y otras estructuras de dominación. Para ella, no se puede entender el clasismo de forma aislada: es parte de un sistema interseccional que perpetúa desigualdades sociales, económicas y culturales.

La herencia maldita

México, como muchas naciones latinoamericanas, nace de un modelo colonial en el que se impuso una jerarquía de poder basada en el color de piel, el origen étnico y la clase económica. El sistema de castas instaurado durante el virreinato no desapareció con la independencia: sólo cambió de forma, pero no de fondo. Aún hoy, quienes tienen piel más clara, nombres de origen europeo y apellidos «respetables» gozan de mayores oportunidades, mejor trato institucional y mejor representación mediática.

Este racismo estructural se refuerza con el clasismo, que no sólo discrimina por la posición económica, sino que estigmatiza a los sectores populares como «flojos», «ignorantes» o «incapaces de gobernar». La discriminación se vuelve doble cuando la pobreza y el color de piel se cruzan. De ahí que muchas veces el racismo en México se niegue con frases como “no somos racistas, somos clasistas”, como si uno no alimentara al otro.

El presente que duele

El racismo y el clasismo no siempre se expresan con insultos directos. Muchas veces se manifiestan en gestos, omisiones y comentarios “normales” que perpetúan la exclusión. Ejemplos cotidianos abundan:

En la televisión y la publicidad predominan rostros blancos, rubios, de acento neutralizado. Los personajes indígenas o morenos suelen ocupar papeles subordinados: empleadas, criminales o víctimas.

En los espacios laborales, las personas con piel más clara acceden con mayor facilidad a puestos de liderazgo, mientras que quienes provienen de barrios marginados son relegados a labores mal pagadas o precarias.

En el lenguaje se usan frases como «Me veo naco», «Tiene cara de chacha» o «Parece indio», que refuerzan estereotipos y humillan a los sectores populares e indígenas.

La educación también reproduce estas formas de discriminación: pocos libros escolares abordan el racismo como fenómeno actual. La historia indígena suele narrarse como algo del pasado, desconectado de las realidades vivas de millones de mexicanos. Y cuando se pretende visibilizar esta problemática mediante los libros de texto gratuitos, resulta que aquel que discrimino, Lorenzo Córdoba, ahora pretende presentarse como una víctima, un señalado, un perseguido; perseguido sí pero por sus propios dichos y actos.

En la narrativa político-mediática

El clasismo y el racismo también se expresan en el discurso político. Durante los últimos años, sectores conservadores han utilizado el desprecio hacia «los pobres», «los nacos» o «los chairos» para desacreditar decisiones populares o votos masivos. Se ataca a los beneficiarios de programas sociales con una narrativa de “flojos mantenidos” mientras se silencian las causas estructurales de la pobreza.

¿Qué hacer?

Enfrentar estos males estructurales requiere un proceso cultural, político y educativo de largo plazo. No basta con campañas de concientización si no se transforman también las políticas públicas, los contenidos escolares, los medios y las prácticas sociales. Algunas propuestas:

Incluir en el currículo escolar la discusión sobre racismo contemporáneo y diversidad étnica.

Aumentar la representación indígena y afromexicana en medios, política y espacios de toma de decisiones.

Reformar el lenguaje administrativo, legal y mediático para erradicar sesgos de clase y etnia.

Garantizar condiciones reales de movilidad social mediante una redistribución más justa del ingreso, acceso universal a salud y educación, y políticas afirmativas.

En conclusión…

El clasismo y el racismo en México son la piedra en el zapato, esa piedra que molesta, que incomoda, que lacera, que hiere, que causa ámpula, que revienta y que sangra; esa piedra que de una u otra manera no hemos sido capaces de sacarnos del zapato para así poder avanzar con paso firme.

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