Los exmilitantes son bien recibidos en el proyecto de la 4T. Sus cartas de presentación están —según los opinólogos y cercanos— en la popularidad, experiencia, disciplina y formación técnica. Esto sugiere que los militantes y simpatizantes de Morena no tienen esas características, por lo que no pueden ser tomados en cuenta para responsabilidades de estado: integrar gabinetes, encabezar candidaturas y dirigir los procesos de partido.
Dentro de los exmilitantes hay niveles: los priistas encabezan las preferencias en las consideraciones para la representación popular, los panistas y el empresariado en la administración pública, y en la tercera línea está la pluralidad que proviene de los partidos de izquierda, el activismo o la academia. Estos últimos pueden entrar en espacios, pero de manera aislada y testimonial. Su presencia permite evadir cuestionamientos de exclusión.
Morena es un partido joven que gobernó antes de aprender a caminar. La diversidad que la integra es visible en las contradicciones que el ejercicio del poder le impone. A 7 años de ejercer el poder político desde la presidencia de México y las cámaras, a 4 años de gobernar la mayoría de las gubernaturas, es momento de la reflexión.
Los argumentos sobre la necesidad de construir alianzas y debilitar al adversario incorporándolo al proyecto hoy parecen insuficientes. Morena y aliados tienen la suficiente aceptación para gobernar más allá de la popularidad de los perfiles. La voluntad popular es clara: no se quiere a la oposición, pero esto no solo se limita a las siglas. También se rechazan las ideas y la cultura política del viejo régimen.
La gente tiene identidad con el proyecto político y los principios. En los procesos suelen votar por perfiles ajenos al concepto de desarrollo y la filosofía del movimiento. La consecuencia está en la —para nadie sorpresiva— traición en momentos clave como votaciones o en la integración del gobierno.
La mística que dio identidad se vulnera con estas acciones, ¿con qué legitimidad se puede hablar de cambio cuando los viejos representantes del poder económico y de los grupos de poder son los encargados de implementar la otra política? No se está por los puestos, se dice en la 4T, pero parece que ese criterio solo aplica para que no exista debate y participación de la militancia.
En el segundo piso de la Transformación se está formando una nueva generación que adquiere experiencia administrativa, que tuvo como escenario de aprendizaje la vida política en la segunda alternancia y que participa activamente en los procesos de la democracia participativa.
El reto es no permitir que la decepción se apodere de esos perfiles valiosos y le pongan pausa a su militancia. La formación y la experiencia no siempre se obtiene de la vida precaria y del testimonio, es necesario que no se les excluya de la tarea de ser protagonistas desde los plenos de los congresos, las salas de cabildo y desde los recintos ejecutivos.
Confiamos en una generación para hacer campaña. Confiemos en una generación para gobernar. Si errar es humano ¿por qué no arriesgarse con gente nueva y no con los siempre probados “políticos de carrera”?
Vale la pena que a los de abajo y desde la izquierda, se les reciba bien en casa.





