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Los impresentables

postal PP horizontal Areli Luyando

Cuestionar desde dentro se confunde con traición, cuando en realidad es el acto más honesto y necesario que puede hacer una nueva generación.

Los impresentables son los mismos nombres, las mismas caras; se aferran al poder como si les perteneciera, como si no supieran que el poder es prestado y que el Pueblo manda.

Lo sabemos todos: los militantes, el Pueblo, los jóvenes que crecimos creyendo en este movimiento. Pero lo más grave no es su presencia, sino el silencio que los protege, un silencio que incomoda, que fabrica cómplices y que termina por normalizar lo que juramos erradicar, quien sabe, tal vez porque en algún momento estos impresentables si contaban con los principios del movimiento, aunque al día de hoy no sea así.

Se reeligen una y otra vez, blindándose con pactos y repartiéndose candidaturas como si fueran mercancía en un tianguis político. Se protegen entre ellos, se premian con cargos, se celebran con aplausos y se blindan con discursos vacíos.

Los vemos en todos los niveles: en los Congresos, en los municipios, en las gubernaturas. Son los mismos que se eternizan en cargos públicos bajo el disfraz de “representación popular”. Los que usan la bandera de la transformación como escudo para no rendir cuentas. Los que se esconden tras el fuero mientras se burlan, sin pudor, de quienes confiaron en ellos.

Y lo más preocupante no es solo que existan sino que algunos los justifican, los toleran o peor aún, los vuelven a elegir. Hay un silencio que duele, un silencio que ya no es prudencia, sino complicidad.

Ese no es el acuerdo con el Pueblo.

A quienes nacimos dentro de este movimiento, no nos pueden vender cuentos ni hablar de revolución si todo se queda en el discurso, pero, en este momento, ¿dónde están los fundadores?

El relevo generacional no puede significar replicar los vicios del pasado con rostro joven. Nuestra generación no está para simular, está para hacer lo que nadie se atreve: decir la verdad, aunque duela y supongo que los hoy fundadores se olvidaron que eran esos jóvenes.

Es curioso saber la historia del movimiento, un movimiento que significó una lucha histórica para miles de personas, aunque hoy los impresentables se hayan olvidado de los sentimientos que se recogen casa por casa. Se olvidaron que la política no es una carrera, sino una responsabilidad ética. No puede seguir en manos de quienes solo piensan en el siguiente cargo, la siguiente negociación, la siguiente campaña.

Hoy, defender al movimiento desde la ética es el verdadero acto de lealtad. El verdadero amor a un proyecto político no está en callar sus errores, sino en señalarlos para corregir. Porque si no lo hacemos nosotros los jóvenes que crecimos con este sueño, nadie más lo hará. Y si lo permitimos, entonces habremos dejado de ser diferentes.

Somos una generación que no tiene miedo a hablar; una generación que ya no va a aplaudir simulación de los impresentables ni va a quedarse callada frente a los que manchan el nombre del movimiento por el que tantas personas han entregado su vida. Seamos críticos, exigentes, firmes. Tengamos el valor de mirar al poder a los ojos y decir: “Así no”.

La esperanza no se traiciona, se defiende. Porque no nacimos para simular, nacimos para transformar y transformar no siempre es aplaudir. Transformar también es señalar, exigir, corregir. Es tener el valor de decir lo que incomoda, lo que molesta, lo que muchos prefieren esconder debajo de la alfombra electoral.

A pesar de todo, seguimos aquí. No por ingenuidad, sino por convicción. Porque sabemos que cambiar a México no es una tarea de un sexenio ni de un solo líder, sino de miles de conciencias despiertas y manos dispuestas a trabajar. Esta lucha vale la pena. Vale cada desvelo, cada puerta tocada, cada voz alzada. No vinimos a heredar estructuras podridas, vinimos a construir algo nuevo, digno, justo.

No es tiempo de bajar la guardia, es tiempo de organizarnos y formarnos. Cada paso cuenta. Cada idea que nace desde la honestidad suma. El relevo generacional no es un eslogan: es una responsabilidad histórica.

A quienes aún creen: no se rindan. El país que soñamos está más cerca si no dejamos de caminar, si no dejamos de alzar la voz y sobre todo, si no dejamos de trabajar con amor y con verdad.

Si no corregimos el rumbo, si no señalamos a los impresentables, si no volvemos a mirar al Pueblo a los ojos, entonces seremos iguales. Y esa sería la derrota más profunda: traicionar la esperanza.

Porque si olvidamos el origen, perderemos el destino.

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