Pluma Patriótica

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Los insípidos

Los insípidos

No se puede querer quedito; tampoco responder “lo que sea” cuando la pregunta es “¿Qué quieres comer?”. NO se debe porque significa que a uno le da igual todo: Es decir, que nada le afecta o le preocupa; que nada la sabe o le sorprende; que tiene el paladar enfermo y el corazón rebosante de sangre cuajada.

Cuando se tiene el privilegio de elegir lo que se mete a la boca, es una ofensa no cuidar lo que se ingiere. Tener parámetros básicos: tenerse prohibidas las gringas de pastor, la manteconcha o los chilaquiles duros es una manera de decirle al mundo que es lo que hace y es, sobre todo: lo que piensa y lo que espera del mundo.

En este país, de sabores ardientes, de condimentos coloridos y ácidos generosos, no tomar postura es de mezquinos y arrogantes, de personas que se sienten mole de fiesta y no son más que chayote de una sopita de verduras; insípidos, sosos y aguados.

Lo que creemos define lo que nos metemos a la boca porque nos da límites, propósitos y estilo. Al final: lo que comemos nos alimenta, lo que comemos lo cagamos, o nos hace daño porque se queda dentro de uno: lo que no se defeca no significa que no siga apestando.

Así como las ideas se comen también alimentan, o nos engordan por la sobrecarga calórica o las proteínas de bajo aporte que no hacen mas que llenar la panza sin aportarnos nada. Comidas envueltas en barata parafernalia y descarados engaños: si no podemos cocinar algo bueno… al menos sabemos ponerles grasa. El truco como método cuando no se tiene un solo argumentos en el taco.

Por eso los sabores torpes, los que reemplazan el verdadero sabor con más crema, con más mantequilla, con chiles curados (más que curar reviven platillos muertos) saben que dependen de lo rebuscado para poder ser valorados, al menos contemplados

Sus artilugios, carentes de alimento, sólo llena la boca de azúcar y grasa. Se vende como especia o fina hierba, pero son glutamato monosódico: algo que hace daño pero que debe gustar a todos.

Quieren ser interesantes, diferente y esenciales, pero apenas llegan a bolillo con mermelada chafa, sin gusto, sin verdad, sin alimento.

Querer quedito, comer a fuerzas, es para los que no se comprometen con nada más que consigo mismos; es para lo que se sienten más, y así esconden sus miedos y traumas. Por eso piden chilito del que no pica, azúcar de la que no engorda; cosas que son un simulacro, una mentira.

Diego Mejía. La hizo de reportero, editor y repostero. También es copy y locutor en #Mancha por @nofm_radio.

@diegmej

Otros textos del autor:

-Ofrenda

La convención

 

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