Pluma Patriótica

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Los sabios nunca se van: pequeño homenaje a Antonio Helguera

«Yo sólo vengo a pedirles que por favor voten por Creel, Martita, Calderón, o cualquiera que vaya a ser el candidato del PAN en 2006», ironizó el caricaturista Antonio Helguera aquella tarde del 17 de mayo de 2005, en un auditorio repleto de estudiantes y maestros, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. «Voten por el PAN porque así me facilitan la chamba: si viene otro Fox en el poder tendremos risas garantizadas. Eso sí, al país no le va a ir bien». Las carcajadas del público celebraban el ingenio del artista, aunque, en el fondo transmutaban en sonoras risas lo que era una indignación colectiva: el gobierno de Vicente Fox.

Ese foro se había organizado días después de que el analfabeto corrompido aquel había balbuceado que en Estados Unidos «los mexicanos hacen trabajos que ni los negros quieren hacer». El título de la conferencia jocosa fue rotundo: Señor Fox: ¡Lo vamos a extrañar! Atentamente: Los Moneros. Se vislumbraba un ambiente difícil pero un futuro optimista: el sexenio de Fox estaba en su ocaso, y todo pintaba para que en 2006 triunfara un proyecto distinto.

Helguera desmenuzaba con soltura diversos temas de esa coyuntura y nos dobló de risa cuando expuso una idea para un cartón: quería probar que Vicente Fox tenía razón en eso de que los mexicanos hacen trabajos que «nadie quiere hacer» y con un humor negro refinado y liberador dibujó a la entonces Secretaria de Estado de Bush, la afrodescendiente Condolezza Rice, sentada campante y mandona, mientras el canciller mexicano, Luis Ernesto Derbez, le lustraba los zapatos. «En efecto chavos, ciertos mexicanos hacen trabajos que nadie quiere hacer, como irse a poner de tapete a Bush».

Así era el humor de Helguera: ingenioso, espontáneo, inmediato y mordaz. Aunado a ello, fue un coloso ilustrador. No sólo porque dibujaba con una magnificencia total, sino porque se dedicó su vida a iluminar con su sapiencia a sus lectores y audiencia. Era un sabio que dominaba el arte del humor y el humor del arte, puestos siempre al servicio de contrarrestar los vicios y excesos del poder. Y lo hacía siempre con el tesón que recomendaba Cortázar: el combate a la injusticia se hace con una sonrisa en la boca, o la lucha nace perdida.

Contagioso en su soltura, yo escuchaba con deleite las palabras de Helguera aquella tarde de mayo de 2005. Como los astros de alta alcurnia, los genios terminan iluminando a quienes a su lado están. En aquel momento yo no era un integrante del público, sino un expositor del foro, y tuve la fortuna de sentarme al lado de Helguera en el presídium. No fue la última vez. Y siempre fue una verdadera aventura compartir espacio con un personaje que reúne las mejores virtudes públicas: una luminosidad comprometida, una ética intachable, una capacidad de síntesis y explicativa propia de un pedagogo experimentado…. todo ello navegando imbatible en la alfombra mágica que significa el humor ácido en favor de la justicia y los más desprotegidos.

Recientemente, Helguera dio cátedra de lo que significa la congruencia y honestidad intelectual, cuando al reflexionar sobre el gobierno de López Obrador dijo «Yo soy simpatizante del gobierno de López Obrador. Y lo voy a criticar cuando se equivoque, pero no me voy a poner a atacar a lo pendejo a un gobierno que esperé toda mi vida». Y eso debería dar el cauce de la ética: ser crítico no significa atacar porque sí a quien tiene el poder político. Esa idea de «crítica» es más cercana a la de un adolescente extraviado que se cree rebelde por contrariar sin motivos a todo mundo. Antonio Helguera sabía que el poder político está inmerso en choque con otros poderes y su mirada atinaba a ser punzante contra todos y a exponer sin hipocresías sus simpatías políticas. Como lo han hecho todos los intelectuales brillantes en la historia.

El hueco que deja Helguera en el mundo terrenal ya se deja sentir. Abrir las páginas delanteras de La Jornada no será lo mismo. Mirar el hueco que queda en las páginas posteriores del Proceso ya sin el famoso Mono Sapiens -cuyo término acaba de anunciar el monero coautor, Hernández- deja una sensación de orfandad.

Es paradójico que un hombre a quien tantas risas debimos en vida hoy le entoldemos lágrimas y lamentos por su partida, que duele más por haber sido prematura, como lo fue su talento, y sorpresiva, como lo fue su humor. Helguera yace hoy en una vida eterna real: la memoria de un país preocupado por su futuro. Podemos dar por descontada su permanencia entre nosotros.

A quienes aquí nos quedamos no nos queda más que reunir fuerzas morales para sonreír de nuevo. Mirar los cartones del maestro tendrá desde ahora un dejo agridulce: su talento nos hará siempre reír, pero su ausencia nos hará siempre evocar con nostalgia.

Hasta siempre, maestro.

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