Ciudad de México a 20 enero, 2026, 19: 25 hora del centro.
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Los vendepatrias rumbo al 2027

postal PP horizontal Areli Luyando

La noticia llegó como suelen llegar las decisiones que marcan época: con aplausos desde lejos y silencio incómodo en casa. La detención de Nicolás Maduro por fuerzas extranjeras desató reacciones inmediatas en México, pero no todas fueron prudentes. Mientras nuestra Presidenta sostuvo una postura de rechazo al intervencionismo y defensa de la autodeterminación de los pueblos, un sector de la oposición mexicana celebró abiertamente el hecho, como si se tratara de una victoria propia.

No es necesario coincidir con el régimen venezolano para entender la gravedad del momento. El problema no es Maduro. El problema es la normalización de la intervención extranjera como herramienta política legítima. Cuando actores políticos mexicanos aplauden que una potencia decida el destino de otro país por la fuerza, no están hablando de Venezuela, están enviando un mensaje interno. Están diciendo que la soberanía es negociable si el adversario ideológico lo merece.

Ahí ocurre el quiebre. México tiene una historia larga y dolorosa con la intervención extranjera. No es un debate teórico ni una nostalgia diplomática. Es memoria. Invasiones, imposiciones, presidentes puestos y removidos desde el exterior, decisiones tomadas sin el pueblo. De esa experiencia nació una política exterior clara que ha sobrevivido gobiernos y colores partidistas: no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. No por ingenuidad, sino por aprendizaje histórico.

Por eso resulta tan alarmante ver a políticos mexicanos del PAN, del PRI y figuras de la derecha celebrando la detención de un presidente extranjero como si fuera una lección ejemplar. Algunos incluso lo dijeron sin rodeos: así debería actuar la comunidad internacional. Así debería castigarse a los gobiernos incómodos. El mensaje es peligroso porque legitima la idea de que la fuerza externa es una vía aceptable para resolver conflictos políticos internos.

Esa postura no es nueva. Desde hace años, los mismos personajes han coqueteado con la idea de sanciones, presiones internacionales y “ayuda externa” para México. Lo hicieron en discursos, en foros internacionales y en entrevistas. Hoy, rumbo a 2027, lo hacen con menos pudor. La crisis de proyecto los empuja a buscar afuera lo que no logran construir adentro.

Aquí aparece una palabra incómoda pero necesaria: vendepatrias. No como insulto fácil, sino como definición política. Vende patria es quien está dispuesto a sacrificar principios históricos de soberanía a cambio de ventaja política. Es quien celebra que otro país intervenga porque cree que eso debilita a su adversario interno. Es quien prefiere la aprobación extranjera antes que la coherencia nacional.

Se trata de entender que ningún país se libera cuando otro decide por él. La historia demuestra que las intervenciones no traen democracia, traen dependencia, caos y nuevos conflictos. Lo vimos en América Latina, en Medio Oriente y en África. Siempre empieza igual: con aplausos, con promesas, con discursos morales. Siempre termina con pueblos pagando el precio.

La Presidenta Claudia Sheinbaum no defendió un régimen. Defendió una línea histórica del Estado mexicano. En un contexto donde gritar parece más rentable que pensar, sostener principios cuesta, pero es justo ahí donde se distingue la responsabilidad del oportunismo. Defender la no intervención es ser coherente.

Lo que algunos celebraron como un triunfo contra una dictadura es, en realidad, un ensayo peligroso. Si se acepta que una potencia puede detener a un presidente extranjero porque considera ilegítimo su gobierno, entonces el precedente queda abierto. Hoy fue Venezuela. Mañana puede ser cualquier país que no se alinee; pasado mañana, ¿por qué no México si el resultado electoral no gusta a ciertos intereses?

Eso es lo que está en juego rumbo a 2027. No solo una elección, sino el tipo de país que queremos ser: uno que resuelve sus diferencias con participación o uno que aplaude cuando otros deciden por él; uno que defiende su soberanía incluso cuando incomoda o uno que la entrega cuando conviene.

La historia no es indulgente con quienes confunden principios con obstáculos. Los vendepatrias siempre creen que están del lado correcto hasta que la factura llega. Y cuando llega, ya no hay aplausos extranjeros que alcancen para cubrir la traición.

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