La madurez de nuestra República ya depende, enteramente, del ejercicio de la soberanía a través de la democracia. El resultado de las elecciones de 2018, aquella que llevó al Lic. Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, marca el inicio real de la misma. Volteemos a ver la historia para defender este argumento. Ya comprendemos y aceptamos la idea que ésta nos pertenece, que el sufragio tiene utilidad para canalizar las inquietudes individuales que convergen con las del colectivo social.
En México, esto se ha expresado históricamente a través de la violencia, tres Revoluciones, una Guerra Sucia, un levantamiento indígena y las autodefensas, han dado cuenta del hartazgo que se tiene del estatus quo, desfavorable ya no solo para los de abajo, para el México Profundo, sino para la mayoría, la cual eligió un cambio de régimen, una nueva y, esperemos, última transformación a través del arma del voto y las urnas.
Firmamos, en 2018, un nuevo tratado social con uno de los gobiernos más votados de la historia, y uno de los más representativos. Arrancamos un gobierno representado por igual a través de artistas y creadores, académicos y expandilleros, ricos y pobres, estudiados y no. Todos los capitales y campos sociales empezaron a tener voz y representación en este nuevo México.
Las expectativas provocadas fueron altas debido al precedente sin par, de la verdadera ciudadanía participando. Redes sociales, conversaciones individuales, en las aulas, en los trabajos, todos, desde entonces, han estado más que al pendiente de la República, de la cual no debemos distraernos más y seguir construyendo la conciencia que es para todos y de todos aquellos que quieran participar haciendo a un lado todo prejuicio y deber-ser-moral. Éstos son tan heterogéneos como la sociedad misma. La verdad o la mentira no es universal ni común. A partir del diálogo debemos construir consensos, justos medios, cediendo, pues donde empieza el derecho del otro termina el nuestro.
Así, en medio de un clima de expectativas y frágil esperanza (nuestro pasado ha provocado un sentir pesimista, todavía falta mucho trecho para reencauzar la historia desde una nueva narrativa) daremos otro paso en firme con este primer domingo de junio. Sí, algo nuevo para todos, ya que tradicionalmente, ese poder no depende de la voluntad popular y, de los tres, ha sido el más opaco por la forma, desconocida e incomprendida, de su constitución y organización. No es cosa menor, ya que el marco de la legalidad que permite la vida pública y privada en este país, la base que procura la armonía sostenida por la objetividad de la Ley es el más ignorado y denostado por los mexicanos. Esto ha provocado la corrupción imperante, todavía, en la República. La casa necesita ser rescatada, saneada y reforzada desde los cimientos de la legalidad.
¿Cómo fundamentar la legalidad durante 100 años de Guerra Civil, desde el derrocamiento del primer Imperio hasta la Restauración de la República? Todavía tendría lugar la Revolución Mexicana. Nadie entendía qué era México, su significación es muy reciente, por eso la academia habla de una modernidad tardía. Su último ingrediente, el conocimiento, comprensión e involucramiento en ese tercer poder hasta ahora inaccesible para el Pueblo. Estamos a punto de cambiarlo, por eso es imperante que participemos este domingo. Es el último bastión que debemos tomar para, entonces sí, poder decir que el Pueblo tiene el poder.
Con ello procuraremos, al fin, el bienestar común, alcanzaremos una convivencialidad, ahora sí, a la altura de nuestras expectativas, aunque estará en un proceso, pero ya final. Será la culminación de la conquista del derecho que siempre hemos exigido, pero no ejercido, no plenamente ante la ausencia de una ética, profesionalismo, compromiso social y sentido común. Para una buena y saludable vida en sociedad, la Ley lo es todo. Es lo que ha faltado.





