La supuesta “marcha de la #GeneraciónZ” se presentó ante la opinión pública como una movilización espontánea, fresca, juvenil y rebelde. Pero al mirar más allá del eslogan y de la narrativa prefabricada en redes, lo que encontramos es una operación política diseñada por los mismos grupos de siempre, los viejos operadores del régimen neoliberal disfrazados de juventud ciudadana. No asistieron jóvenes en masa, como intentaron imponer los medios afines a la derecha; lo que realmente se vio fue la presencia de personajes como Acosta Naranjo, Fernando Belaunzarán, Álvarez Icaza, el Papá de Loret de Mola y operadores mediáticos vinculados al círculo empresarial de Ricardo Salinas Pliego. Es decir, la misma élite conservadora tratando de arroparse con una generación que no convocaron, no representan y a la que solo buscan utilizar.
La derecha, incapaz de construir un proyecto propio que entusiasme a la ciudadanía, ahora intenta apropiarse del discurso juvenil para simular que encabeza una causa generacional. Se trata de un montaje que intenta repetir, sin éxito, los patrones de otras movilizaciones globales. Pero a diferencia de las luchas estudiantiles auténticas como las de 1968, 1999 o incluso el #YoSoy132, esta marcha careció de contenido real, de agenda social y de participación genuina. No fue la juventud indignada; fue la oposición reciclada con un hashtag nuevo.
Más preocupante aún fue el grado de violencia que estos grupos alentaron. Por primera vez, en una manifestación convocada por la oposición de derecha, no solo se intentó dañar el Palacio Nacional, sino también la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ambas instituciones fundamentales para la vida democrática del país. La presencia de personas vinculadas a Salinas Pliego, generando provocaciones e incitando al caos, revela una intención clara, usar la violencia para construir un relato de ingobernabilidad. No buscan protesta, buscan espectáculo mediático y confrontación.
El dato que debería encender las alarmas en cualquier persona con sentido democrático es que hubo más policías lesionados que en manifestaciones anteriores, y eso es profundamente grave.
Sí, se puede criticar al gobierno. En una democracia auténtica, la crítica es fundamental. Pero lo que no se puede ni se debe permitir es que la crítica se construya a partir de violencia, mentiras, distorsiones y montajes. La derecha ha demostrado una y otra vez que no tiene reparo en manipular imágenes, fabricar narrativas falsas y usar bots para simular consensos sociales que no existen. Eso no es disidencia; es desinformación deliberada. Y esa desinformación, al combinarse con actos violentos, se vuelve un riesgo para la estabilidad democrática.
Lo más inquietante de esta operación es el lugar central que ocupa el deseo de la derecha de capitalizar políticamente la tragedia. El caso del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, es ejemplo de ello. Su lamentable asesinato que debería unirnos en el rechazo absoluto a cualquier forma de violencia política fue inmediatamente utilizado por estos grupos como herramienta mediática. Con total falta de ética, aprovecharon el dolor y la pérdida para construir mensajes de odio, buscando responsabilizar al gobierno federal sin ninguna evidencia. Ese comportamiento revela algo mucho más oscuro, la derecha desea que ocurra otro hecho similar para usarlo políticamente. Su estrategia consiste en que el país arda para poder culpar a quienes hoy gobiernan.
La oposición conservadora siempre ha tenido la tentación de la violencia y la manipulación. Lo que cambia ahora es la desesperación con la que actúan. Saben que no conectan con la mayoría, que no representan los intereses del pueblo y que su visión de país privatización, racismo velado, elitismo, represión ya no tiene cabida en una sociedad que despertó. Por eso necesitan inventar juventudes imaginarias, incendiar instituciones y acosar a la policía. No tienen proyecto; tienen rencor.
La llamada marcha de la #GeneraciónZ no fue una expresión juvenil, sino un intento desesperado de la derecha por fabricar legitimidad. No fueron jóvenes espontáneos; fueron operadores de siempre. No fue protesta pacífica; fue provocación violenta. Y no fue una muestra de fuerza social; fue evidencia de su aislamiento. Debemos permanecer alertas: no permitir que la mentira suplante a la verdad y que la violencia suplante al debate democrático. Porque lo que está en juego no es una marcha, es el rumbo del país frente a quienes quieren devolvernos al pasado.



