Los acontecimientos en Los Ángeles, California durante los últimos cinco días, del viernes 6 al martes 10 de junio, no deben ser calificados como disturbios ni rebelión, sino actos de resistencia y de reacción ante una agresión ya recurrente a lo largo del tiempo. La data de la misma, inmediatamente tras el cierre de la Guerra y su consecuente despojo inmoral y vergonzoso, según el mismo diplomático encargado de las negociaciones de paz, Nicolás P. Trist[1] que Estados Unidos le hizo a México entre 1848 y 1846.
Los acuerdos derivados de las negociaciones, el Tratado de Guadalupe Hidalgo, oficialmente llamado “Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América,” garantizaría la protección de sus propiedades, incluyendo tierras y bienes, y la posibilidad de elegir su nacionalidad, pudiendo optar por la estadounidense si así lo deseaban y, por ende, se ofrecieron garantías para los mexicanos en cuanto a sus derechos civiles, incluyendo la posibilidad de ejercer sus derechos políticos. Todo quedó en papel.
Los Estados Unidos, a su más puro estilo, gradual y sistemáticamente violaron y traicionaron todas las promesas hechas, especialmente aquellas sobre la propiedad, nacionalidad y derechos civiles y políticos, quizá las más importantes para aquellos que decidieron quedarse no en acto desleal en contra de México, sino motivados por el arraigo a la tierra, la familia y la tradición. Sus ancestros empezaron a llegar a las tierras despojadas desde el siglo XVI durante un proceso de expansión de la frontera hispánica, con todo lo que ello significa desde la historia. Este era el sentimiento que daba cohesión a su ethos, no la mexicanidad, no la patria, pues ésas todavía no existían ni arraigaban en el imaginario colectivo. México estaba en proceso de invención. Así comenzaron las afrentas por aquellos que hoy, y desde 1848, reclaman superioridad. Llegaron al último, a la fuerza, a través de la violencia, esgrimiendo, igual que hoy, un discurso desfasado y desgastado de orden, civilización, progreso, y de leyenda negra. Lanzaron la primera piedra sin estar libres de culpa.
Casi cien años después, en 1943, Los Ángeles sería el escenario de un encontronazo que ya no podía ocultar los tintes raciales y segregacionistas por parte de unos, y respuesta y resistencia por orgullo identitario por parte de otros. Me refiero a los enfrentamientos entre policías y marinos estadounidenses contra los Zoot Suits, “pachucos” mexicoamericanos que, aunados a las huelgas de estudiantes de secundaria del sector del Este de Los Ángeles, demandando mejores servicios educativos, en 1968, una protesta masiva también que culminó en violencia policial y la muerte de varios manifestantes, incluyendo al periodista Rubén Salazar, en 1970, las huelgas de los trabajadores del campo en San Joaquín y Coachella, en 1973. Así, se desarrolló la expresión visible y tangible del sentimiento, sentir y discurso de lo chicano, que, si bien reconoce su raíz novohispana y mexicana, se distingue de ella solo en su propia historicidad. Al haber sido despojada de su patria, la comunidad chicana y mexicoamericana, construyeron la matria. Desde ella han resistido, desde ella enuncian su orgullo y su propia historia, desde ella se organizan para alzar la voz y decir “basta, no de nuevo.” Es lo que estamos atestiguando hoy, en junio del 2025.
[1] Podemos analizar su pensar sobre el despojo a México en su Correspondencia y Memoria sobre el Tratado de Guadalupe Hidalgo.



