Ciudad de México a 7 diciembre, 2025, 0: 10 hora del centro.
Ciudad de México a 7 diciembre, 2025, 0: 10 hora del centro.

México: el país que se recordó a sí mismo

postal PP horizontal Valeria Torres

Muchos años después, cuando la memoria colectiva vuelva sobre estos tiempos, habrá quien recuerde la primera vez que escuchó al Presidente López Obrador hablar aquella primera mañana desde Palacio Nacional. Como Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, reviviendo aquel día en que su padre lo llevó a conocer el hielo, también los mexicanos guardarán en la memoria esas mañanas en que se descorrieron las cortinas del poder para abrir, por fin, un diálogo directo con el pueblo.

En las mañaneras, López Obrador relataba el pasado y lo conectaba con el presente. Eran como los pergaminos de Melquíades en Cien años de soledad: un texto interminable que contenía la explicación de todo lo que había ocurrido y lo que estaba por venir. Ahí estaban narrados los agravios de la corrupción, el saqueo neoliberal, pero también la promesa de una patria distinta, la Cuarta Transformación como destino.

Ese ejercicio se volvió un acto fundacional. Cada mañana, como si se tratara de un nuevo amanecer en Macondo, el AMLO abría las cortinas de Palacio Nacional para contar lo que estaba en juego: soberanía, justicia, dignidad. No era un boletín de prensa ni un espectáculo mediático, sino una crónica nacional donde el pueblo era convocado a participar, a no olvidar, a organizarse. Como aquellas mariposas amarillas que anunciaban presencias y destinos en Macondo, las palabras iban dejando en el aire señales luminosas de un tiempo nuevo.

Hoy, la Presidenta Claudia Sheinbaum mantiene vivo ese espacio, dándole un tono propio. Sus conferencias son distintas, pero guardan el mismo espíritu. Si las de López Obrador eran épicas y fundacionales —como cuando Macondo descubría el hielo—, las de Sheinbaum son serenas y firmes, propias de una comunidad que ya despertó y ahora decide caminar con paso seguro. Ella organiza, consolida y construye el segundo piso de la Transformación.

En esta continuidad radica la fuerza de la mañanera. No es un ejercicio personalista, como acusan los opositores, sino un acto de memoria y de pedagogía. La Presidenta lo sabe: México no puede repetir la tragedia de Macondo, donde el olvido condenaba a los Buendía a repetir sus errores. Por eso, cada mañana, insiste en que la Transformación no es pasajera, sino un proceso colectivo que requiere constancia y organización.

La oposición nunca entendió —o nunca quiso entender— la trascendencia de lo cotidiano de las mañaneras. Se burlaron del formato, lo tacharon de repetitivo, innecesario, incluso agotador. Como los gitanos que llegaban a Macondo con sus espejismos, intentaron convencer al pueblo de que lo que presenciaba era ilusión. Pero lo que despreciaban como rutina era, en realidad, la pedagogía de un país en movimiento: una nación aprendiendo a gobernarse a sí misma, a reconocerse en un relato común.

Esa pedagogía tuvo tiempos distintos. Con López Obrador fue la etapa de la siembra: abrir brecha, denunciar la corrupción y revelar verdades ocultas. Con Claudia Sheinbaum es el momento de la construcción: dar forma, permanencia y solidez a lo alcanzado. Si él alzó la voz para derribar la mentira y el engaño, ella levanta instituciones, consolida proyectos y garantiza que lo conquistado no se pierda.

Macondo se extravió en la desmemoria y la soledad; México decidió otro destino. Las mañaneras, primero con López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum, se han convertido el hilo que cada día cose la memoria con la esperanza: un recordatorio de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. No repetimos un ciclo fatal, sino que forjamos una Transformación que, con la fuerza del pueblo, se hace más profunda y duradera.

Lo que define ese camino no es solo la constancia de un ejercicio cotidiano, sino la conciencia que despierta en el pueblo: la certeza de que ya no se gobierna a espaldas de la nación, la convicción de que la política es memoria viva y voluntad colectiva. En esa disciplina se cultiva la dignidad, se corrigen los errores y se afianza la idea de que la historia de México avanza sin retorno.

Y así, muchos años después, cuando se escriba la historia de esta época, quedará claro que no fueron los viejos medios ni los opositores quienes tuvieron la última palabra, sino que se trató de una historia escrita a muchas manos: la de un pueblo que, cada mañana, primero con el Presidente López Obrador y ahora con la Presidenta Claudia Sheinbaum, forja una crónica viva que evitó el olvido y convirtió la memoria en motor de la Transformación.

Algún día la oposición intentará descifrar lo que fueron las mañaneras, palabra por palabra, como los pergaminos de Melquíades. Pero para entonces será tarde: descubrirán que aquello que despreciaron era la crónica viva de un pueblo que decidió hacerse memoria y destino. Les ocurrirá lo que a las estirpes de Macondo: cuando comprendan el sentido de lo que despreciaron, estarán condenados a la irrelevancia, arrojados al páramo del olvido, acompañados únicamente por su eco.

Porque así como las estirpes marcadas por el infortunio no tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra, también ellos cargarán con su condena: cien años de soledad política, mientras el pueblo de México sigue escribiendo, cada mañana, la crónica luminosa de su Transformación.

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios