Esta semana, México fue sede de la XI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, un hecho que trasciende en lo político y en lo simbólico. No es menor que, a cincuenta años de haber albergado la primera conferencia de este tipo, nuestro país volviera a ser anfitrión en un contexto radicalmente distinto. Entonces, en 1975, las mujeres se reunían en un México gobernado por un régimen autoritario, en un momento en que las luchas feministas apenas irrumpían en la agenda pública. Hoy, medio siglo después, las discusiones se desarrollan en un país encabezado por la primera mujer presidenta, Claudia Sheinbaum, representante de un proyecto de transformación que ha colocado a las mujeres en el centro de las políticas públicas.
La diferencia no puede ser más clara. Mientras en los años setenta la participación política de las mujeres enfrentaba un muro de exclusiones, hoy se celebra la conquista de un espacio que parecía impensable: una mujer al frente del Poder Ejecutivo, respaldada por un proyecto que ha sacado de la pobreza a 13 millones de personas, de las cuales la mayoría son mujeres. No se trata solamente de un cambio en la representación, sino de una transformación material que ha ampliado derechos, redistribuido recursos y reconocido la centralidad de las mujeres en la vida social y económica del país.
Un aspecto fundamental de esta conferencia es el tema de los cuidados. Desde 2007, la CEPAL había comenzado a colocar en el debate la necesidad de incorporar el cuidado en las políticas públicas. No obstante, en esta XI edición, el cuidado dejó de ser un tema emergente para convertirse en el corazón de la discusión. El reconocimiento de que las sociedades no pueden sostenerse sin trabajo de cuidados –tradicionalmente asignado a las mujeres e invisibilizado por las economías capitalistas– marca un giro histórico.
México, con la primera presidenta en su historia, asumió un compromiso clave: avanzar hacia una sociedad de cuidados. Esto significa reconocer que cuidar no es un asunto privado ni exclusivo de las familias, sino una responsabilidad colectiva y un derecho humano. Significa también ampliar la infraestructura pública para garantizar que niñas, niños, personas mayores, personas con discapacidad y quienes requieren acompañamiento reciban cuidados dignos, y que las mujeres que tradicionalmente han cargado con esta tarea puedan ejercer plenamente sus derechos.
Este cambio no es menor. La llamada “sociedad de cuidados” coloca en el centro la sostenibilidad de la vida frente al mandato del mercado. Es un horizonte que cuestiona la división sexual del trabajo y reconoce que no puede haber democracia ni igualdad sin redistribución del tiempo, del trabajo y de los recursos.
El cierre de la conferencia estuvo marcado por un momento que quedará en la memoria política de la región. La secretaria de las Mujeres, Citlalli Hernández, rompió con los discursos tradicionales de la diplomacia multilateral y habló con la claridad que demandan nuestros tiempos.
En primer lugar, denunció los bloqueos económicos que las potencias imperialistas imponen sobre los pueblos de América Latina y el Caribe, una forma de violencia estructural que condena a millones de mujeres a la precariedad. En segundo lugar, envió un mensaje solidario a las mujeres que en países gobernados por fuerzas conservadoras enfrentan retrocesos en sus derechos, recordándoles que no están solas. Finalmente, y quizá lo más disruptivo en un foro de este tipo, nombró sin ambigüedades el genocidio en Palestina y se sumó al clamor mundial por detenerlo.
El eco de su intervención se tradujo en un grito colectivo: “¡Palestina libre!”. Ese momento demostró que los feminismos latinoamericanos no pueden desligarse de las luchas globales por la justicia y la dignidad. El feminismo que se construye en nuestra región no es complaciente ni neutral; es un feminismo popular, internacionalista y profundamente político.



