Cuando no estamos en los zapatos de los demás, es muy fácil opinar sobre situaciones que desconocemos. Desde la ventana ajena es muy cómodo juzgar por qué una persona decide dejar todo lo que conoce en busca de algo que muchos no entendemos. Algunos lo llaman “el sueño americano”, otros le dicen “una vida mejor”, los más arriesgados le llaman “la aventura” y otros pocos, como su servidora, lo llamamos “una obligación”; el punto es que hay un sinfín de circunstancias por las cuales las personas nos vemos orilladas a abandonar nuestra tierra y no todas tienen que ver con lo económico.
En esta travesía, cuando estuve fuera de México por más de un año, tuve la oportunidad de conocer la historia de muchos connacionales y muchos no connacionales que, por alguna u otra razón, se vieron en la necesidad de dejar su vida en otro lugar y emigrar con todo el dolor de su corazón.
Voy a compartirles en varias columnas las diferentes historias de los muchos migrantes que me tocó conocer en este tiempo viviendo en Estados Unidos. Empezaré con la historia de Juan.
Juan es un chavo de 25 años, oriundo de una aldea de la montaña en Guatemala. Él salió de su país con el sueño de comprarse un carro y hacerle una casa a su mamá; en su historia de migrante están aventuras que parecen sacadas de un libro, pero lamentablemente la realidad supera la imaginación y lo que Juan pasó para llegar a Estados Unidos fue un camino lleno de espinas.
Juan García (porque solo tiene un apellido ya que su padre jamás se hizo cargo de él) decidió emprender su camino a los 16 años hacía lo que él llamaba y sigue llamando “el sueño americano”. Antes de iniciar su travesía, su mamá —advirtiendo los peligros a los que se podría enfrentar— le coció dentro de la pretina de su pantalón de mezclilla los pocos billetes que llevaba para cruzar México. Así pues, con algo de dinero que consiguió ahorrando de su trabajo por años en Tapachula, Chiapas, un itacate —como lo llamamos nosotros los mexicanos— y la bendición de su mamá, Juan salió rumbo al norte, sin saber lo que enfrentaría. Me cuenta sonriendo que los primeros días fue fácil, solo era caminar junto al grupo de personas con quienes iba, de repente aguantar, frío, calor, lluvia, sol, pero nada fuera de lo normal. Lo realmente duro le tocó en la CDMX, cuando unos policías le dijeron que mostrara su identificación y él, por miedo, se echó a correr, varias patrullas se fueron detrás de él y de varios de sus compañeros quienes trataron de escapar sin éxito. Juan me relata que después de horas dentro de la patrulla, amarrados y con los ojos vendados, los soltaron en un cerro a las afueras de la ciudad, no sin antes burlarse de ellos por ser migrantes de Guatemala y despojarlos de todas sus cosas, únicamente dejándolos en pantalones, sin camisa y sin zapatos. Se llevaron sus mochilas, sus teléfonos y todo su dinero… Juan cuenta que aquella noche corrió con fortuna gracias a su madre, ya que ella le escondió bien el dinero dentro de su pantalón.
La vergüenza que yo sentí cuando Juan me contaba la historia es inexplicable. Nuestras autoridades en México están para salvaguardar a cualquier ciudadano, ya sea mexicano o no; su función es proteger, pero en el caso de este migrante guatemalteco y sus compañeros fue todo lo contrario. Juan caminó rumbo a la carretera donde, para su fortuna, se toparon con un ciudadano de buen corazón que les ofreció llevarlos de regreso a la ciudad, les dio comida y ropa. Juan describe a este hombre como un anciano humilde, que no dudó un segundo en brindar lo poco que tenía a los jóvenes guatemaltecos.
Ya en la ciudad, Juan encontró el modo de comunicarse con familiares que tenía radicando en los Estados Unidos, les explicó lo ocurrido y en pocos días le enviaron una suma de dinero para que continuara su camino hacía el gabacho.
Cuatro meses —como dice la canción— tardó Juan en llegar a la frontera. Ahí, a su suerte, se aventuró a cruzar el desierto, sin saber cómo ni por dónde se metió al calor de la desolación solo siguiendo a unos cuantos que al igual no sabían para dónde iban, pero sabían que su rumbo era el norte.
A las pocas horas de caminar por la ardiente arena, les cayó la migra en camionetas y helicóptero. Fue tal la arena que levantaron las hélices del helicóptero que Juan quedó cegado por el viento arenoso; hasta la fecha sus ojos lucen rojos e hinchados. Él platica que son las secuelas de ese día y que por más doctores que visita, su vista quedó mermada a raíz de toda la arena que golpeo sus ojos.
Después de su captura en el desierto, Juan estuvo por 9 meses en una zona de detención para jóvenes y niños migrantes; después de muchos juicios, y gracias a que en ese entonces él era menor de edad, el juez de migración resolvió otorgarle a Juan García un permiso de trabajo con el cual hasta el momento sigue viviendo, trabajando y luchado por convertirse en residente permanente.
Él ya no quiere regresar a Guatemala, está casado con una oaxaqueña y ya tienen dos niños. Juan dice que ya cumplió su sueño a su corta edad: tener 2 carros de lujo y comprarle una casa a su mamá en Guatemala… Para él, la vida en Estados Unidos, aún con trabajos mal pagados, explotados, dónde se trabajan los 7 días más de 10 horas diarias, sigue siendo su sueño americano.



