Ciudad de México a 11 diciembre, 2025, 18: 15 hora del centro.
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Un minuto de silencio

Leo Collado-H

Hoy no hay canción. Hoy necesitamos un minuto de silencio por la muerte de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, Michoacán. Silencio, porque cuando un hombre se atreve a decir la verdad frente al poder, la palabra se vuelve peligrosa. Silencio, porque su voz fue más valiente que las balas que intentaron callarla.

Carlos Manzo no fue un político más. Fue un hombre que entendió que callar es otra forma de complicidad. Por eso habló. Por eso denunció. Por eso lo mataron.

Desde la tribuna de la Cámara de Diputados, su voz se alzó con la fuerza de la memoria y la indignación.

La tragedia empezó el 11 de diciembre de 2006, cuando Felipe Calderón decidió militarizar el país. Pero no para brindar seguridad a los ciudadanos, sino para ser cómplice de cárteles a los que sirvió en el sexenio mal habido; porque hay que recordar que se impuso en la presidencia de la República, robándole la presidencia a Andrés Manuel López Obrador.

Ahí empezó la tragedia; para que les quede claro. Pero no solamente eso; sino que las malas decisiones que se tomaron en esa fallida estrategia trajeron consecuencias terribles, que hoy en día todavía no se pueden parar.

Esa es la memoria que deben tener al venir a pararse a esta tribuna y querer entorpecer el fortalecimiento de la Guardia Nacional. Hay que recordar en dónde está hoy el secretario de Seguridad Pública de Felipe Calderón. Esa fue una militarización con complicidad; utilizaron a algunos militares, engañaron a la Marina, engañaron al Ejército y los sacaron a las calles para defender intereses criminales que los llevaron al poder.

Esa es la memoria que tienen que repasar y reflexionar los diputados de Acción Nacional.”

Aquel día, Carlos Manzo les dijo en la cara lo que millones sabían y pocos se atrevían a repetir: que el origen del horror mexicano no fue una guerra contra el narcotráfico, sino una guerra contra el pueblo. Jamás acusó al presidente López Obrador, porque sabía que el propósito actual es reconstruir el país que otros destruyeron a balazos y mentiras.

Sin embargo, y esto también debe decirse con honestidad, Carlos Manzo mostró, en algún momento, su desacuerdo con la estrategia de seguridad de la Cuarta Transformación; y eso no lo convirtió en enemigo: lo convirtió en plural. Esa es precisamente la pluralidad que defendemos, la que permite disentir sin romper, criticar sin traicionar, pensar distinto sin convertirse en adversario.

Una discrepancia conceptual dista mucho de un ataque cobarde y miserable como el que le hicieron; porque, aunque después de haber sido legislador de Morena se lanzó como candidato independiente, nunca abandonó la causa de un México justo, libre y sin miedo. Su muerte no vino de la 4T ni de sus personajes. Lo intentaron callar, de manera ruin y cruel, sus verdaderos enemigos: los criminales que se sientan tras escritorios como los que patrullan las calles; los que operan desde la sombra con la misma sangre fría con la que dictan órdenes de muerte.

La escena más recordada de su valentía ocurrió en octubre de 2022, cuando Carlos Manzo, entonces diputado federal por Morena, se encontró en la calle con Ignacio Benjamín Campos Equihua, presidente municipal de Uruapan.

Ahí, frente a cámaras, sin escoltas ni armas, le gritó con el corazón encendido:

“Yo vengo solo y no vengo armado. Eres un cobarde, un delincuente; tienes al pueblo hundido en la miseria.
¡Traidor, cobarde! Eres un cobarde, un traidor, que sirves a tu cuñado como delincuente.”

No fue un arrebato; fue una denuncia pública contra los caciques locales y su red de corrupción. Lo acusó de proteger a su cuñado vinculado con los cárteles, de pactar con Leonel Godoy, de encubrir una estructura que convirtió la política municipal en guarida del crimen.

Carlos Manzo habló por el pueblo y lo hizo de frente. Sabía que cada palabra podía costarle la vida. Y, aun así, habló. Carlos Manzo murió de frente. Y no fue el gobierno federal quien lo mandó matar, porque habría sido darse un tiro en el pie. Lo asesinaron los mismos grupos de poder, los caciques, los delincuentes de cuello blanco. Los mismos que convirtieron la madera, el aguacate y el limón en botín de guerra. Porque en esa tierra fértil, la mafia nació de la ambición por lo que la tierra da, no solo por las drogas.

Carlos Manzo murió defendiendo lo que da vida; y eso, en estos tiempos, sigue siendo una forma de revolución. Su muerte no golpea al gobierno; golpea a los que nunca soportaron que un hombre libre les hablara con la verdad.

Por eso, hoy no hay canción; sólo silencio. Silencio por un hombre que no pactó, que no se vendió, que no huyó. Silencio por quien miró al poder escondido a los ojos y le dijo su nombre. Silencio por quien entendió que la dignidad se paga con la vida, pero la cobardía se paga con el alma.

Y que quede escrito en esta Partitura Soberana: protegiendo lo que da vida, Carlos Manzo perdió la suya.

Pero su palabra, esa que denunció el origen del horror y el nombre de sus verdugos, seguirá viva, mientras haya quienes crean que el silenciar a un hombre no es el final, sino el principio de la justicia y de una nueva etapa de la lucha.

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