Pluma Patriótica

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lunes, 24 mayo, 2021
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Morena juega con el árbitro en contra… ¿y también contra su director técnico?

A Juan Carlos Pacheco, brigadista de Morena que, con su tesón casa por casa y su paciencia ante invectivas clasistas, representa lo mejor de ese partido: sus bases fundadoras.

El INE es una institución enorme que alberga fuerzas contradictorias en sí.  Es, desde luego, un baluarte histórico de la democracia y una institución heroica, pero no por las razones zalameras y la cháchara simplona con la que muchas voces defienden hoy a sus consejeros más visibles. No. El IFE tiene un enorme valor estratégico e histórico por sus trabajadores de base y territorio, esos que recorren a pie cada centímetro del país para que la parte más importante de un aparato democrático —su parte procedimental equitativa— tenga la logística y cobertura correctas. En esos empleados de a pie, y en los ciudadanos desinteresados con quienes interactúan, es donde radica la operación democrática de ese Instituto. 

Los consejeros del INE, por su parte, no son una plasta homogénea. Si bien su estancia ahí es producto cada vez menos de evaluaciones técnico-meritorias y más de cuotas partidistas sobreideologizadas, que los consejeros del INE tengan militancias políticas claras nunca ha sido un problema siempre y cuando hagan bien su trabajo. Ejemplos sobran: José Woldenberg, José Agustín Ortiz Pinchetti, Eduardo Huchim, Miguel Ángel Granados Chapa o Jaime Cárdenas han sido hombres cercanos a las izquierdas —incluso militantes del PRD algunos— y fungieron como funcionarios electorales eficaces y demócratas. Hasta personajes como Santiago Creel y Juan Molinar –siempre panistas de clóset y a partir de 2000 panistas completos— hicieron un trabajo más o menos equilibrado como funcionarios en el IFE (ya después, uno en el foxismo y otro en el calderonismo se envilecerían hasta la ignominia, uno con transas con casinos, otro con su papel inolvidable ante la tragedia de la guardería ABC, pero no se les puede escatimar sus labores como autoridad electoral). 

Hoy, dentro de esa oncena de consejeros resultado de componendas partidistas, sobresalen dos que  han renunciado a todo pudor y militan en pos de la oposición mexicana en un espacio donde están obligados a no hacerlo: Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, consejeros del INE; uno de ellos, presidente.  

Dentro del contexto político, muchas veces resulta más relevante y revelador no lo que uno dice, sino ante quién, con quién y en qué momento. En este año electoral, tanto Córdova y Murayama se han dedicado a disfrazar de “discurso académico” la reproducción de la vulgata ignorante del PAN sobre el “populismo”, cuestión a la que, sin reflexión seria, se le pinta como algo intrínsecamente indeseable, sin matizar su trayectoria histórica y su definición originaria y rigurosa. Ese concepto mal empleado como etiqueta deslegitimadora, tiene —por culpa de Fox— un destinatario fundamental desde 2006: López Obrador. Quien piense lo contrario o es ingenuo o es ignorante. En el momento mismo que Córdova y Murayama se erigen en jueces antipopulistas, generan válidas sospechas no sólo sobre su rigor intelectual (dado que ninguno de los dos entiende bien el concepto de populismo) sino también sobre su competencia como árbitros en la contienda que se avecina. Este par de funcionarios ha tomado partido en un espacio donde no debe hacerlo y con ello arriesga la credibilidad de la elección venidera. En una analogía futbolera, Morena tiene ante sí a uno de los árbitros (no el único, pero sí el central) cargado en su contra. 

Y no es ese el único problema del partido. También está en sus propias entrañas. En días recientes, han abundado las denuncias sobre las hordas de impresentables a las que Mario Delgado ha abierto las puertas del partido. Las traiciones y las consecuencias de esa política inmunda —que fue la que llevó al declive al PRD— ni siquiera se han hecho esperar a después de la contienda electoral. La semana pasada, el panista Víctor Fuentes, impulsado por Morena como candidato a la alcaldía de Monterrey, abandonó la contienda y regresó a su escaño blanquiazul al Senado. Su pretexto fue la ausencia de recursos para hacer campaña. Morena nació como un partido que logró sus triunfos y luchas sin dinero alguno, desde 2006, y labrando campañas casa por casa, calle por calle, paso a paso. Que ese señor haya puesto ese pretexto, no solo lo pinta como un holgazán incompatible con los principios de un partido que prioriza el mirar a la gente de a pie, sino que también es una gravísima irresponsabilidad del dirigente de Morena. 

Mario Delgado ha hecho un esfuerzo sobrehumano por intoxicar a Morena con candidatos de la estirpe de Víctor Fuentes. Los casos de Nuevo León, San Luis, Veracruz, Chihuahua y otros estados lo confirman. En un caso que es no sólo de escándalo, sino de terror, gracias a esta sevicia de Delgado, en Puebla compite bajo las siglas del PT, y con membrete de Morena como apoyo, el porro grotesco Mauricio Toledo, experredista que hoy lidia con una solicitud de desafuero; presunto delincuente, y en 2018 causante indirecto del asesinato de la señora Martha Reyes, simpatizante de Morena en un acto de Claudia Sheinbaum en Coyoacán que el hampón Toledo y sus vándalos malvivientes reventaron a punta de sillazos. 

La elección de 2021 debió ser la inclusión de los mejores cuadros de Morena en las candidaturas, toda vez que el pragmatismo de 2018 abrió las puertas a un cambio de régimen que ganó contundentemente la contienda de ese año. Sin embargo, Morena quedó en las peores manos posibles, con un dirigente que ha hecho de las inclusiones oportunistas no la excepción sino la regla, agravada esta ola por la presencia de canallas hamponiles. Otra analogía futbolera: Morena no solo lidiará contra un árbitro parcial, sino con un director técnico incompetente y turbio, que decidió dejar en la banca a su mejor cuadro para darle espacio a leñeros sucios que juegan para otros equipos. 

La elección de 2021 ya tiene un horizonte que puede ser plausible: una postrera reforma electoral que contenga el protagonismo partidista de su cúpula. O sea, la búsqueda de un árbitro más capaz y menos militante. Asimismo, Morena, sin importar si refrende buenos resultados o pierda, debe expulsar a Mario Delgado de su seno. Un sujeto que no sólo ha salido sobrando en la dirección del partido sino en el Movimiento mismo. En junio, el tipo debe irse y llevarse a toda su escoria, antes de que ésta perredice a Morena, cuyos mejores cuadros existen, pero no en la medida que una transformación exige. Si Morena gana en 2021, será a pesar de uno de los árbitros. Y también a pesar de su propio director técnico. 

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