Quiero hacer un homenaje a la música de banda y a los posibles sustitutos de esta apasionante música popular: los corridos tumbados. Esta es una columna personal, también muy sincera y —hasta cierto punto— triste. Esto porque con todo y lo mucho que me encanta el género musical (por lo que expresa, por lo que representa), las intérpretes mujeres son bien pocas, son invisibilizadas y especialmente cosificadas.
La primera vez que supe que existía el género de banda fue cuando una niña de un pueblo en Tlaxcala me mandó una carta (nuestras respectivas escuelas crearon esa dinámica) en donde me contaba que su música favorita era esa. En ese texto también relató que una vez al año hacían una feria (debo confesar que no recuerdo qué se celebraba) y que le emocionaba mucho escuchar banda en vivo. Esto me impactó tanto (quién sabe por qué) que recuerdo la letra de mi amiga a distancia —Amairani se llamaba— sobre un papel amarillo con la palabra banda escrita con la letra de una niña de diez años.
La primera vez que escuché música de banda fue en reuniones de la voca 13. Así le decimos, pero su nombre real es el Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos número trece (es un bachillerato del Instituto Politécnico Nacional). En ese entonces, yo generé una particular inclinación por la Banda El Limón porque, aunque yo no estaba con el corazón roto, la melodía, las voces y la letra me permitían expresar un dolor que en realidad ni siquiera conocía.
Mi mamá me pidió que dejara de escuchar música de banda porque era «de nacos». Mi hermano me pedía quitar esa música porque era demasiado aguda y estruendosa. Para cuando entré a la universidad ya había dejado de escuchar banda. Simplemente me dejó de interesar (supongo que por chilanga y por aspiracionista). En este punto quiero contar algo importante: la mayoría de las canciones que escucho son interpretadas por mujeres. Tal vez porque me gusta más la voz, tal vez porque me identifico más con las letras y/o las emociones.
Apenas hace un par de años comencé a escuchar —de nuevo— música de banda. Además, a mi gusto musical se sumaron los corridos tumbados (hasta donde he podido identificar son una derivación de la primera para las nuevas generaciones). Ahora escucho estos géneros como lo que son: música popular. Porque me parece que esta música expresa el sentir (en este punto sugiero La Casita de la Banda MS, como ejemplo) y las aspiraciones de la mayor parte de la población mexicana.
Sin embargo, como feminista y como una persona que disfruta la música interpretada por morras, no he dejado de pensar en las pocas referentas mujeres en estos géneros. Cuando una abre la lista «Regional Mexicano» en Spotify, no existe ni una sola mujer vocalista en ninguna banda (excepto la éterea y eterna Jenny Rivera), menos cantantes femeninas de corridos tumbados (apenas conocí una, con un solo sencillo: La 69).
La industria musical —en este caso la de la banda y los corridos tumbados— todavía no tiene suficiente representación femenina. Los productos culturales —como la música— transforman percepciones y símbolos, por eso es importante. Yo creo que sí existen mujeres vocalistas e intérpretes de estos géneros, pero también pienso que el feminismo clasemediero blanco y chilango no ha volteado a ver esta industria y menos promover una activa escucha de estas compañeras. Esto es una invitación a la reflexión y sobretodo a la acción para buscar y promocionar la música popular de mujeres.




