Ciudad de México a 11 marzo, 2026, 4: 54 hora del centro.
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Navegar hacia Gaza es resistir

Jorge Vilchez-Horizontal

El mar siempre ha sido símbolo de libertad y encuentro. Pero en el Mediterráneo oriental, navegar hacia Gaza es hoy un acto de resistencia política y un recordatorio incómodo para quienes prefieren mirar hacia otro lado. La reciente Flotilla Global Sumud, interceptada por fuerzas armadas israelíes, no es un simple episodio diplomático, es la cristalización de una verdad incómoda. Mientras el mundo discute, Gaza sigue siendo un territorio sitiado, castigado colectivamente, condenado al hambre y al silencio.

La flotilla zarpó con barcos como el Alma, Sirius, Adara y otros, cargados con medicinas y víveres, pero también con un mensaje político: el pueblo palestino no está solo. Entre los tripulantes había siete mexicanos que decidieron arriesgarse para ser parte de esta travesía:

  • Sol González Eguía, activista comprometida con causas de derechos humanos.
  • Arlín Gabriela Medrano Guzmán, estudiante de Ciencias Políticas de la UNAM, defensora social, parte de colectivos en pro de la paz.
  • Carlos Pérez Osorio, cineasta, cuya cámara ha narrado historias de lucha y resistencia.
  • Ernesto Ledesma Arronte, periodista, conocido por su cobertura crítica de conflictos y movimientos sociales.
  • Laura Alejandra Vélez Ruiz Gaitán, ingeniera biomédica, llevando consigo la convicción de que la ciencia debe estar al servicio de la vida.
  • Miriam Moreno Sánchez, voluntaria en causas humanitarias, parte de esa juventud que cree en un mundo más justo.
  • Diego Vázquez Galindo, artista, convencido de que el arte también es un arma contra el olvido.

Su presencia en la flotilla es en sí misma un acto de denuncia. Como lo señaló el teórico cultural palestino Edward Said: Palestina no es únicamente una tierra, es “una narrativa usurpada”. Y estos siete mexicanos decidieron sumarse a la tarea de devolverle voz a esa narrativa, de poner el cuerpo y el nombre en un viaje que cuestiona la complicidad internacional.

El derecho internacional humanitario es claro. El artículo 33 del IV Convenio de Ginebra prohíbe el castigo colectivo, y la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (1948) tipifica como genocidas los actos cometidos con la intención de destruir, en todo o en parte, a un grupo nacional, étnico o religioso. Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado que las acciones de Israel en Gaza constituyen crímenes de apartheid, con patrones de discriminación sistemática y violencia indiscriminada contra la población civil. La ONU ha advertido, además, que las condiciones en Gaza superan los límites de lo humanamente tolerable: falta de agua potable, destrucción de hospitales, hambre como arma de guerra.

La dimensión humana se revela en imágenes concretas: médicos operando a la luz de sus celulares; madres racionando un trozo de pan entre cinco hijos; niños que aprenden a distinguir el sonido de un dron del de un misil. Ilan Pappé, historiador israelí, lo resume en una frase que desgarra: “Lo que vemos en Gaza no es un conflicto, es una política planificada de limpieza étnica”.

La flotilla mexicana se inserta en esta larga historia de resistencia internacional. Rashid Khalidi recuerda que la solidaridad global con Palestina no es un gesto altruista, sino la continuidad de una lucha anticolonial en un mundo donde las relaciones de poder se han normalizado al grado de invisibilizar la ocupación. Que una embarcación zarpe desde América Latina, continente que ha vivido golpes, dictaduras y luchas por la autodeterminación, no es casualidad, es la reafirmación de una identidad común frente al abuso de los imperios.

Israel, por su parte, justificará la intercepción bajo el argumento de “seguridad nacional”. Pero, ¿qué amenaza real representa un barco cargado de medicinas para uno de los ejércitos más poderosos del planeta? Norman Finkelstein lo ha explicado con brutal honestidad: “El poder necesita enemigos débiles para mantener la narrativa de la amenaza existencial”.

México tiene aquí una responsabilidad moral. Nuestra historia diplomática está marcada por gestos de solidaridad: desde el asilo a republicanos españoles hasta el apoyo a Chile tras el golpe de 1973. Hoy, permitir que la flotilla humanitaria se diluya en la anécdota sería traicionar ese legado. La cancillería debe alzar la voz, no solo por las siete y los demás activistas internacionales, sino porque cada intento de silenciar la solidaridad fortalece la maquinaria de guerra y debilita el derecho internacional.

El Mediterráneo, alguna vez cuna de civilizaciones, se ha convertido en escenario de un genocidio transmitido en tiempo real. Cada flotilla que intenta romper el bloqueo es un recordatorio de que la conciencia humana no puede ser sitiada. Gaza no necesita únicamente ayuda humanitaria, necesita justicia.

En un mundo saturado de indiferencia, la flotilla mexicana nos obliga a elegir. O nos quedamos con quienes miran hacia otro lado mientras los muros del apartheid se levantan, o nos colocamos, aunque sea con un pequeño gesto, con el pueblo palestino. Porque al final, como decía Edward Said, “no hay cultura sin memoria, y no hay dignidad sin resistencia”.

 

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