La reforma política impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum avanza con dos disposiciones que han generado amplio debate: la prohibición del nepotismo y la no reelección. Ambas fueron votadas en la Cámara, aunque su entrada en vigor está prevista para las elecciones de 2030. Sin embargo, al interior de nuestro movimiento, la discusión ya está al rojo vivo.
El tema del nepotismo tiene un camino más claro. Aunque la ley establece que se aplicará más adelante, en Morena ya se dio un gran paso al incorporar este principio en las pasadas elecciones de Veracruz y Durango, evitando con esto que las candidaturas se conviertan en un patrimonio de grupos familiares o redes de influencia. En Morena se está aplicando desde ya, marcando distancia con viejas prácticas que han lastimado la vida pública.
La verdadera batalla se concentra en la no reelección. Varios sectores dentro del movimiento plantean con firmeza que diputados federales, diputados locales, presidentes municipales, alcaldes, regidores y concejales no deben reelegirse en sus cargos. El argumento es histórico: desde la Revolución Mexicana, el lema “Sufragio efectivo, no reelección” ha sido una bandera contra la concentración del poder. Para sus defensores, mantener ese principio es vital para evitar que quienes llegan al cargo utilicen recursos, influencia o estructuras clientelares para perpetuarse.
El debate es más profundo de lo que parece. La reelección, instaurada en la reforma de 2014, buscaba dar continuidad a proyectos y fortalecer la profesionalización legislativa. Pero en la práctica, advierten críticos, ha abierto la puerta a que algunos actores se aferren al poder, debilitando la renovación política. Este tema, además, revive una discusión de fondo: ¿qué es mejor para la democracia, la permanencia de representantes experimentados o la constante oxigenación de liderazgos?
Más allá de posturas, lo cierto es que la reforma política en curso recupera principios que marcaron la historia de México. El no al nepotismo y el no a la reelección no son meros tecnicismos legales, sino símbolos de una concepción de la política como servicio temporal a la nación, no como proyecto personal o hereditario.
Si la discusión al interior del movimiento se consolida y estas disposiciones se llevan hasta sus últimas consecuencias, estaremos ante un cambio de fondo: una política que se renueva de manera permanente y que devuelve el poder a la ciudadanía.



