Pluma Patriótica

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Nunca send taquitos

Nunca send taquitos

Ante le desesperanza, la petición:  estoy triste, manden taquitos. 

El problema de origen es uno: pensar que los tacos deben ir hacia uno. Nada más equivocado. A los tacos, como al estadio, como al rito, se va. El desplazamiento es parte sustancial del bocado y el sabor; porque los tacos, además de alimento, son una experiencia que requiere de un espacio definido. 

Pongámoslo así, los tacos son como el teatro: sólo se dan en una sala (¡una sola!) de una ciudad, son susceptibles al momento vital de los actores/taqueros por lo que nunca son los mismos. Sí, no pueden serlo (¿acaso comemos el taco de Heráclito?), porque a la taquería como a la sala teatral se acuden a sazón de una mano, no a la repetición constante y exacta de la receta, carente de error y milagros. 

También se acude a la taquería, como al teatro, a enfrentarse con uno mismo, a provocarse  sí me chingo un taco más, ora sí me echo uno de cachete, porque en  ambos escenarios no existe el espectador pasivo, por el contrario, somos creadores del suadero que nos tragamos porque lo personalizamos, ecualizamos y engullimos. Por eso el taco es susceptible de cambio constante: después de la mitad, se vale otro toque de salsa y una mordida a la cebollita de cambray, unas gotas de limón o caída de sal, eso depende de los traumas culinarios de cada comensal. 

Además, los tacos viajan mal. El unicel y el papel aluminio sudan los tacos, secan las tortillas y humedecen el bocado. Si falta salsa, no se le puede poner la de los chilaquiles o el chicharrón en salsa de árbol, ¡no! Pedir tacos es no respetarse a uno mismo, porque es una afrente a la boca y falta de respeto al taco. 

Entonces, ¿por qué alguien pide tacos para superar su tristeza? 

Sencillo, para seguir en ella. Para chiquearse y chantajear. Porque en bolsa los taquitos no son efectivos y se contamina más. Pedir tacos para llevar, es huir del epicentro de la historia y temer el contacto con el otro. Es no querer mancharse los zapatos de salsa ni sentir el frío de la noche en la espalda.

Al teatro y a la taquería se va a ver al otro, a ser uno con el otro, vivir en presente, atento y alerta* comprometido con el tiempo y la circunstancia… evitar ese contacto, es evitar la vida, meterla en una caja del Petri, controlarla, temerle. No ir a la taquería es como los que hacen política desde el escritorio: les llegan puras sobras de información y por eso saben mal. 

Pedir taquitos es ser flojo. Punto. 

*Saber comer tacos es saber pedirlos. Saber pedirlos es medir las mordidas que te faltan y los tragos que le sobran al Boing de Guayaba; sentir el tiempo de los otros comensales para saber cuando estará libre el taquero para escuchar que le pides otro de tripa y dos campechanos. 

Diego Mejía. La hizo de reportero, editor y repostero. También es copy y locutor en #Mancha por @nofm_radio.

@diegmej

 

 

 

 

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