Oaxaca es identidad, historia y resistencia. Si has caminado por los mercados, lo sabes: aquí, cada bordado, cada huarache, cada huipil, guarda una historia. Los textiles no son simples objetos de moda, son memoria viva, son el reflejo de siglos de creatividad colectiva y de lucha por preservar lo que pertenece a las comunidades. Por eso, cuando una marca internacional toma los diseños de las y los artesanos para convertirlos en mercancía sin pedir permiso ni reconocer a quienes los crearon, no es homenaje: es despojo.
El caso más reciente lo vivimos con Adidas. La empresa lanzó las sandalias “Oaxaca Slip-On”, creadas por el diseñador mexicano-estadounidense Willy Chavarría. El modelo imitaba los huaraches tradicionales de Villa Hidalgo Yalalag, en la Sierra Norte de Oaxaca, pero la comunidad nunca fue consultada ni reconocida. En otras palabras, tomaron un legado ancestral y lo pusieron en venta sin preguntar a nadie.
La respuesta fue inmediata. La Secretaría de Cultura y el gobierno de Oaxaca denunciaron públicamente lo ocurrido, recordando que nuestros diseños forman parte del patrimonio colectivo y que nadie puede lucrar con ellos sin consentimiento. La presión social y mediática fue tan grande que Adidas viajó hasta Yalalag para ofrecer disculpas públicas. Frente a autoridades comunitarias y las y los artesanos, la empresa se comprometió a respetar los procesos creativos locales y a buscar futuras colaboraciones. Aunque el gesto fue bien recibido, deja claro que nuestros saberes y tradiciones no son de libre explotación y que su uso debe partir del respeto, la consulta previa y la retribución justa.
Este episodio no es aislado. En los últimos años, marcas como Carolina Herrera, Zara, Isabel Marant, Shein y Louis Vuitton han sido señaladas por apropiarse de bordados, patrones y nombres que pertenecen a comunidades indígenas, muchas veces sin reconocerlas ni compensarlas. Para las grandes empresas, estos diseños son tendencia; para los pueblos que los crean, son identidad, sustento y memoria colectiva. Cada copia sin crédito es una herida más para las comunidades que los originan.
México ha dado pasos importantes para enfrentar esta problemática. Desde 2022, está vigente la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, que reconoce que los saberes, símbolos y expresiones tradicionales son propiedad colectiva. Esta ley exige que las empresas soliciten consentimiento previo, libre e informado, y que otorguen una retribución justa a las comunidades antes de comercializar cualquier elemento cultural. Se trata de un avance significativo, pero su efectividad depende también de que, como sociedad, estemos dispuestos a reconocer y valorar el trabajo de quienes mantienen viva nuestra herencia.
Y aquí quiero hablarte a ti, estimada lector y lectora: defender Oaxaca es también nuestra responsabilidad. Cada vez que consumes productos artesanales, tienes en tus manos la posibilidad de apoyar a las comunidades directamente. Compra con conciencia, valora el trabajo detrás de cada pieza y comparte las historias de quienes crean estas obras únicas. No se trata solo de denunciar a las grandes marcas, sino de fortalecer a quienes, con sus manos, preservan nuestra identidad.
Oaxaca es un mosaico cultural inigualable. Los textiles de Teotitlán del Valle, los bordados de San Antonino Castillo Velasco, los huipiles de Juchitán, los alebrijes de San Martín Tilcajete y los huaraches de Yalalag son más que productos: son testimonios vivos de siglos de historia. Cada pieza lleva dentro símbolos ancestrales, conocimientos transmitidos de generación en generación y una relación profunda con la tierra y la comunidad.
Cuando alguien toma un diseño para venderlo sin reconocerlo, no solo se apropia de la estética: también roba el significado, la historia y el sustento de quienes lo originan. Y cuando como sociedad normalizamos la apropiación cultural, debilitamos el tejido económico y social de los pueblos que mantienen viva nuestra memoria.
Oaxaca no es un catálogo de tendencias ni un accesorio para las vitrinas globales. Es una tierra que resguarda identidades, lenguas, rituales, colores y saberes que le pertenecen a su gente. Protegerlos no es romantizarlos, es hacer justicia. Es reconocer que la cultura que nos enorgullece existe gracias al trabajo y resistencia de nuestras comunidades.
Nuestros bordados, huaraches y textiles no son moda pasajera: son memoria viva. Defenderlos es hacer justicia a quienes los crean. Respetarlos es reconocer que Oaxaca no se vende. Honrarlos es garantizar que las próximas generaciones puedan heredar intacta la riqueza de nuestra identidad.
Hoy, más que nunca, Oaxaca exige respeto, no apropiación cultural. Nuestro legado no está en venta: se honra, se defiende y se celebra.



