La oposición política en México, huérfana de argumentos, liderazgos legítimos y proyecto de nación, ha encontrado un nuevo “santo patrono” en su desesperado afán por atacar al Gobierno: Ovidio Guzmán López, hijo del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán. Desde su detención y extradición a Estados Unidos, Ovidio se ha convertido, para el bloque conservador y sus medios afines, en la última esperanza de construir un relato que les permita vincular falsamente al expresidente Andrés Manuel López Obrador con el narcotráfico.
En esta nueva narrativa, carente de pruebas y plagada de especulaciones, se pretende hacer creer que Ovidio Guzmán podría declarar en una corte estadounidense que entregó “fajos de dinero” a López Obrador. Se trata, evidentemente, de una estrategia burda que busca sembrar duda, sin aportar una sola evidencia que sostenga tales dichos. Es revelador que quienes encabezan estas campañas sean los mismos personajes y medios que durante años han defendido el neoliberalismo, el saqueo de la nación y la corrupción institucionalizada. Hoy, tras sufrir una derrota histórica en las urnas y quedar completamente desfondados políticamente, recurren a montajes mediáticos y rumores para intentar revertir lo que el pueblo ya decidió: que la transformación de México continúa, ahora bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Es profundamente revelador el contraste entre las acciones y los resultados de los gobiernos de la Cuarta Transformación y las calumnias de la oposición. Mientras Morena y sus gobiernos avanzan en la pacificación del país con inteligencia, respeto a los derechos humanos y sin pactar con el crimen, las voces opositoras prenden veladoras esperando que un narcotraficante les haga el trabajo sucio que no pudieron lograr ni en las urnas ni en los tribunales. La ironía es mayúscula: quienes antes criticaban cualquier señalamiento contra el PRI o el PAN por sus evidentes vínculos con el narco, recordemos los casos de Genaro García Luna y Felipe Calderón, hoy se abrazan a la esperanza de que un capo les invente un escándalo para intentar frenar el avance de la izquierda en México.
El pueblo no es ingenuo. No olvida que fue precisamente López Obrador quien rompió con la vieja práctica de usar al narcotráfico como instrumento de guerra sucia y como pretexto para la militarización del país. Durante su gobierno, se priorizó una política de seguridad basada en atender las causas de la violencia, sin proteger a ningún grupo criminal, sin fabricar culpables, y dejando atrás los montajes televisivos que caracterizaron a gobiernos pasados. Por eso la extradición de Ovidio Guzmán fue un acto de justicia y no de complicidad. La diferencia es clara: antes se pactaba; ahora se respeta la ley.
La oposición, sin embargo, necesita fabricar enemigos. Ya no tienen a López Obrador en la presidencia para atacarlo cada mañana, pero no pueden resignarse a que el pueblo respalde el proyecto que él inició y que la Presidenta Claudia Sheinbaum hoy fortalece. Por eso han decidido reciclar el viejo guion de “AMLO narcopresidente”, aun cuando este ha sido desmontado por la realidad una y otra vez. Sin pruebas, sin fundamentos jurídicos, sin más sustento que las columnas de opinión de sus voceros, intentan revivir este relato con la esperanza de encontrar eco en Washington, ignorando que la relación bilateral se ha transformado profundamente y que México ya no está subordinado a los intereses del vecino del norte.
El fondo de esta estrategia no es otro que debilitar la legitimidad del Gobierno y enturbiar el escenario político hacia 2030. Quieren socavar la confianza del pueblo en sus instituciones, en su presidenta, en su proyecto de nación. Buscan sembrar la idea de que todo es sospechoso, de que todo es corrupción, cuando en realidad lo que está en juego es su incapacidad de ofrecer una alternativa viable. No son capaces de presentar una propuesta de país, de generar esperanza, de construir algo nuevo. Por eso apuestan a la destrucción, al escándalo, a las noticias falsas.
El intento de convertir a Ovidio Guzmán en una suerte de “testigo estrella” contra AMLO no es más que un acto de desesperación. No hay delito que perseguir, no hay prueba que presentar, no hay verdad que ocultar. Lo que hay es una derecha desorientada, que perdió el poder y que ahora vaga por los pasillos de las fiscalías extranjeras buscando un salvavidas que no llegará.





