En los últimos días se desarrolló una polémica alrededor de la famosa “casita”, escenografía instalada para los conciertos de Bad Bunny en México, convirtiéndose no en un debate técnico sobre producción o una conversación que únicamente se basa en el mundo del espectáculo, sino en un espejismo de la incomodidad y enojo de algunos sectores como consecuencia del “rompimiento de jerarquías implícitas” por las que se rige el mundo del entretenimiento: quien paga más, merece más.
Generalmente, en conciertos, obras de teatro o cualquier espectáculo de entretenimiento, la desigualdad está perfectamente organizada y es una práctica tan normalizada que rara vez se cuestiona, pero una vez más podemos resaltar que todo, absolutamente todo es político.
Las mejores vistas, la cercanía con los artistas, preferencia en trato, etc., siempre se concentran en las zonas VIP, mientras las zonas generales son concebidas como fondo, ruido o masas, pues, aunque pagan un lugar, la experiencia termina siendo secundaria, porque no importan como individuos, sino como volumen.
La casita de Bad Bunny llegó a México alterando ese orden simbólico, pues quienes compraron un boleto en zona general pudieron tener acceso (aunque fuese de manera momentánea) a una experiencia de cercanía que usualmente está reservada para quienes tienen mayor poder adquisitivo, aunque este hecho para algunos resultara intolerable.
El enojo no viene específicamente por la cantidad de dinero invertida, sino en la supuesta pérdida de exclusividad. Cuando una persona que pagó menos accede a la misma oportunidad de un momento “premium” o “VIP”, se percibe como una injusticia, como si el valor del boleto se devaluara, alimentando la creencia de que el dinero compra superioridad, dejando ver con claridad un profundo clasismo.
Claramente la crítica y el enojo no radican en el artista, en la calidad del show o en la organización del evento, sino en permitir que “los de abajo” vivan algo que no les correspondía, según su lógica.
Algo debe quedar bien claro: pagar menos no es valer menos; quien compra un boleto, así sea el más barato, no está robando una experiencia ajena, sino que está ejerciendo un derecho básico: disfrutar de un espectáculo por el que pagó.
Los conciertos no son una propiedad privada fragmentada o dividida por clases sociales, es un evento cultural compartido, un hecho popular. Nadie pierde porque otros ganen un momento de cercanía; aquí el verdadero cuestionamiento no es por qué la zona general pudo disfrutar “demasiado”, sino por qué hemos aceptado como algo normal que la mejor experiencia esté concentrada en unos cuantos.
Debemos comprender que el entretenimiento es un espacio de encuentro y convivencia, no de segregación. Este hecho no niega el valor del boleto más caro, ni tampoco los elimina del mapa, solo nos recordó que el disfrutar de un evento cultural no debería ser un privilegio ni tratarse con exclusividad.
Por este hecho la casita es un símbolo político poderoso: porque por unos minutos, el concierto dejó de ser parte de una dinámica de desplazamiento, convirtiéndose en una experiencia comunitaria, creando una ruptura (aunque sea representativa) de un orden donde algunos están acostumbrados a mirar desde arriba. Y eso, para quienes confunden precio con valor humano, resulta profundamente perturbador.





