Cada loco con su tema
En su canción “Cada loco con su tema”, Joan Manuel Serrat dejó escrita una partitura que, con los años, se volvió sentir universal. No es solo poesía: es la voz de millones que prefieren la vida al ruido de la guerra.
El mundo, en la primera semana de septiembre, volvió a desfilar bajo la bandera de la violencia. Estados Unidos y la Unión Europea, reunidos en la “Coalición de los Dispuestos”, anunciaron más armas y hasta tropas para Ucrania; en Gaza, reforzaron el respaldo militar a Israel; en el Caribe, un operativo naval dejó once muertos en aguas venezolanas. Distintas geografías, un mismo guion: la idea de que la fuerza es la única gramática aceptada.
Ante esto, en la voz de Serrat siempre será preferible “un bombero a un bombardero”. En tiempos en que las cancillerías hablan de refuerzos y despliegues, esa preferencia sencilla encierra la aspiración universal de apagar los incendios antes que provocarlos, de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Bruselas promete garantías de seguridad que se traducen en más tanques; Washington multiplica bases y cazas. Y frente a ese ruido metálico, resuena otra certeza: que resulta más humano “bailar a desfilar, y disfrutar a medir”. Los desfiles militares son la liturgia de la muerte, mientras bailar y disfrutar siguen siendo la esencia de la vida; y junto a esa convicción late otra igual de honda: que siempre serán mejores “los caminos a las fronteras, y una mariposa al Rockefeller Center”. Allí, siempre certero, Joan Manuel recuerda que frente a la lógica del acero y la supremacía, los pueblos siguen apostando por la ternura, por esa mariposa que no entiende de ejércitos ni de tratados de defensa mutua.
No se trata de negar las tragedias, las de Ucrania, Palestina o Venezuela, sino de señalar que los remedios ofrecidos por las potencias son casi siempre la misma enfermedad: más armas, más soldados, más guerra. Y en medio de esa espiral, retumba la certeza que Serrat convirtió en canto: que vale más “la razón que la fuerza,el instinto que la urbanidad, y un Sioux más que el Séptimo de Caballería”.
Cada loco con su tema. Los gobiernos, con su obsesión por desfilar; Los pueblos, con su instinto de vivir. Y el mundo sigue prefiriendo “el tiempo al oro, la vida al sueño, el perro al collar…”. Frente al collar de hierro de la guerra, la humanidad, con sus calles, sus barrios y sus mariposas, sigue eligiendo la vida.



