junio 15, 2021

Pluma Patriótica

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miércoles, 29 enero, 2020

Por un diálogo agroambiental en México

México es uno de los cinco países con mayor diversidad biológica del mundo, pues alberga en su territorio más del 10 por ciento de las especies del planeta en tan sólo 2.5 por ciento de la superficie terrestre. Oaxaca y Chiapas albergan cerca de 8 por ciento de ese total. Esta gran riqueza biológica es el resultado de diversos factores. La complejidad climática y orográfica del territorio mexicano determina que en él exista un gran número de ecosistemas y condiciones ambientales distintas, que constituyen el hábitat de numerosas especies, poblaciones y comunidades biológicas, las que a su vez son los reservorios de una gran diversidad genética. Además, dada su ubicación en el centro del continente americano, México es el punto de contacto entre dos regiones biogeográficas con historias evolutivas distintas.

Hace miles de años, al emerger un puente de tierra que conectó la región neotropical en América del Sur y la región neártica en Norteamérica, la región hoy conocida como Mesoamérica se convirtió en un punto de intercambio de flora y fauna entre estas dos regiones. La biodiversidad mexicana incluye especies provenientes de ambas; esto le imprime un importante nivel de endemismos: es decir, especies que sólo existen en nuestro país y no en otro lado.

Otro factor que determina el lugar privilegiado de nuestro país en el mundo en cuanto a diversidad biológica es la interacción entre esta diversidad y los grupos humanos que han habitado el territorio mexicano. México es uno de los ocho centros de origen, diversificación y domesticación de cultivos y otras especies útiles para el hombre a nivel mundial, los conocidos como centros Vavilov (en honor al científico ruso que los definió). En estos sitios es donde los seres humanos han seleccionado, generación tras generación, las características más deseables de las especies que utilizan, generando variedades adaptadas a las condiciones de cada región específica, y construyendo así un valioso acervo de diversidad genética. Este aspecto de la biodiversidad, conocido como agrobiodiversidad, fue modelado y es mantenido por las prácticas de manejo de las culturas originarias y rurales que han convivido con los ecosistemas mexicanos por miles de años.

Entre las especies cultivadas cuyo origen debemos a las culturas mexicanas se encuentran algunas de gran importancia para la economía global y la cultura culinaria de muchos países, como el jitomate (por su distribución), la calabaza, el chile, el aguacate o el cacao. Entre estas especies se encuentra también una que, además de su gran importancia cultural, es una de las cuatro plantas más importantes para la alimentación de la población mundial: el maíz. El mantenimiento de esta agrobiodiversidad, que guarda un potencial incalculable para la economía y la seguridad alimentaria del país y del planeta, está íntimamente ligado a la persistencia de los grupos y las prácticas culturales que le dieron origen y que hoy continúan desarrollándola.

Las culturas originarias mexicanas no sólo han creado especies y variedades nuevas, además han generado nuevos paisajes mediante la implementación y perfeccionamiento de sistemas productivos adaptados a los ecosistemas y condiciones locales, tales como las terrazas agrícolas, las chinampas, los distintos paisajes agroforestales y las múltiples formas de cultivo de la milpa en distintas regiones del país. Los paisajes generados por los grupos humanos, mosaicos territoriales en los que coexisten distintos tipos de ecosistemas naturales y sistemas productivos, son una escala geográfica crucial para el manejo y conservación de la biodiversidad y los procesos ecológicos, pues constituyen sistemas integrados en las que el binomio naturaleza-cultura ha adquirido una forma determinada a lo largo de periodos largos de tiempo.

Estos paisajes bioculturales, los sistemas productivos y las prácticas culturales que los modelan, la agrobiodiversidad y biodiversidad asociada que albergan y los grupos humanos que los manejan y usan, son profundamente interdependientes. Por ello, su conservación requiere de un esquema de conservación in situ del patrimonio biocultural, que mantenga las interacciones entre grupos sociales, sistemas productivos, ecosistemas, especies y diversidad genética. El dialogo entre las políticas públicas de Sader y Semarnat se antoja urgente y necesario por las razones expuestas.

NOTA

Este artículo se desprende de una conferencia dictada por el autor el Día mundial del medio Ambiente 2019 en Chiapas y forma parte de un libro próximo a publicarse en coautoría con Carlos Muench.

Pedro Álvarez Icaza. Experto en política ambiental y en gestión y manejo de recursos de cooperación multilateral internacional. Forma parte del programa de líderes ambientales de El Colegio de México.

@alvarezicazapc

Otros textos del autor:
-Llamarada de petate
-Primer informe: pensar diferente en política ambiental

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