La libertad de expresión es un derecho reconocido constitucionalmente, pero también es una noción en constante evolución. Como ocurre con todos los derechos humanos, su forma y su ejercicio dependen del momento histórico y del contexto soberano de cada Estado. No hay una única forma de entenderla, ni una única forma de ejercerla. Por eso, cuando se discute si existe o no hoy en día la libertad de expresión, mi respuesta es sí, pero no de manera uniforme ni plena. Existe como derecho, pero también está profundamente condicionada. Ser libre para opinar significa poder ejercer la razón propia o colectiva y manifestar una posición sobre una realidad. No se trata solo de buscar la verdad, sino de poder construir diálogo desde el pensamiento, incluso si es para cuestionar lo que se presenta como verdad.
En este contexto, vale la pena distinguir entre la libertad de expresión y la libertad de prensa. Esta última implica necesariamente la capacidad de publicar y distribuir información a través de medios de comunicación, y por tanto, está inevitablemente atravesada por dinámicas de mercado. Los medios son empresas: cobran, pagan, necesitan rentabilidad. El problema no es que exista contenido pagado, sino que se disfrace de contenido imparcial o producido en nombre del interés público. Ese engaño debilita profundamente la noción de verdad pública. Vivimos rodeados de información, pero carecemos de métodos generalizados para discernir su origen, su propósito y su calidad. Así, las mentiras repetidas se vuelven creíbles, y las verdades, que requieren más tiempo para construirse, llegan tarde y con menos fuerza.
Ante esto, sostengo con claridad que es el Estado quien debe tener no solo el poder, sino la legitimidad y la obligación de regular la información. Delegar esa función en plataformas privadas o en los propios consumidores es dejarla a merced del mercado. El mercado no tiene mecanismos de rendición de cuentas democráticos. Las plataformas no se eligen ni se les puede exigir nada, y los consumidores están fragmentados, sobrecargados y, muchas veces, desinformados. Solo un Estado con vocación democrática puede asumir la tarea de regular de manera equilibrada, con mecanismos de contrapeso y deliberación pública.
Sin soberanía informativa, no hay democracia real. No se puede hablar de participación plural si los canales de comunicación están acaparados por intereses privados o transnacionales. El espectro radioeléctrico es un bien público, y debe ser gestionado como tal. Las radios comunitarias, por ejemplo, no pueden competir con los grandes consorcios porque no persiguen ganancias: buscan autogestión, participación, identidad. Sin soberanía, esos proyectos quedan marginados o invisibles. Por eso es tan importante recuperar el control soberano de la información. El internet rompió, en su momento, el viejo duopolio televisivo. Permitió una transición histórica, sí, pero eso no basta. Hoy, plataformas globales han tomado el lugar de los antiguos monopolios. La regulación no es opcional, es urgente.
Frente a esta situación, muchos miran hacia China como un modelo alternativo al liberalismo. Personalmente, creo que es una experiencia válida, aunque no replicable tal cual en México. Nuestra historia, cultura, religión e idioma nos separan profundamente. Pero sí rescato de China su capacidad de planificación estatal, su proyecto de nación a largo plazo y su centralismo orientado a resultados.
La izquierda, en este escenario, tiene que recuperar su vocación transformadora. No basta con reformas que pueden revertirse con una sola administración regresiva. Lo que debe cambiar son las condiciones materiales de vida, sobre todo de las mayorías y de los más pobres. La distribución de la riqueza, la organización del trabajo, el acceso universal a derechos como salud, educación, vivienda, eso es lo que realmente transforma. Las transferencias constitucionales, los programas de infraestructura, el nuevo programa de vivienda del Infonavit: todo eso sí cambia la vida de la gente. Por eso digo que el eje de la izquierda no debe ser el moralismo ni el discurso vacío, sino la transformación material.
¿Y qué ocurre con los consumidores de contenido? Sí, veo una generación emocionalmente reactiva, adicta a la dopamina, moldeada por las redes. Pero también veo núcleos críticos, con acceso a más información que nunca, con mayor capacidad para articularse, para generar criterios propios. Estamos en una frontera dialéctica: por un lado, la radicalización del desinterés; por el otro, el surgimiento de una nueva conciencia. Esa tensión marcará el rumbo.
Frente al caos informativo, frente a los algoritmos que nos encierran en burbujas, frente a la manipulación sistemática, no tengo una respuesta definitiva. Solo tengo mi opinión: hay que organizarse y enfocarse en la transformación de las condiciones materiales. No basta con ganar el debate; hay que transformar la realidad. Ahí es donde empieza cualquier esperanza.



