Pluma Patriótica

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Periodismo antivacunas

Por: Daniel Torres

Existen diversas razones por las cuales, de forma generalizada, en una población se puede tener desconfianza a tratamiento médicos en algunos procesos cuyos efectos son benéficos en la salud pública: mala información, disputas religiosas y charlatanería premeditada.

Son conductas inherentes a lo desconocido y que típicamente nos han acompañado a lo largo de nuestra historia; sin embargo, muchas veces eso que denominamos ‘sentido común’ prevalece y logramos encajonar ese tipo de conductas de tal manera que su repercusión sea mínima en el bienestar de la sociedad. Esto también pasa por un mero instinto de supervivencia que ocurre a través del aprendizaje producido por estímulos adversos que nos ponen en riesgo —ya saben, el típico experimento donde un primate aprende que cuando entra a un lugar “prohibido” recibe un disparo eléctrico que lo enseña después de varias veces de intentarlo, que hacerlo le produce daño—. Más o menos eso pasa con la historia de la vacunación; cuando los pioneros al respecto eran rechazados —pues sus experimentos parecían arriesgados y con probables efectos serios—, pero la sociedad, al ver que esta lograba controlar enfermedades graves, se convencía de que valía la pena usar este tipo de procedimientos.

Así, durante varias décadas el mundo logró avanzar en la mejor estrategia de salud pública para la prevención y erradicación de enfermedades, como la vacunación. La viruela solo se conserva en un cepario en el CDC de Atlanta, un par de generaciones desconocen lo que es tener amistades con secuelas de polio o subestiman que la influenza hoy pueda ser un resfriado más. En ese sentido es que la pandemia más dura que hayamos vivido en los últimos 100 años hoy tenga una respuesta para su control gracias la vacunación.

Pero, en la parte contraria, desde hace unos años se han movilizado un grupo de personas que rechazan la vacunación atribuyéndole una serie de efectos que van desde el autismo hasta la manipulación cerebral y, aunque este movimiento sigue encapsulado en ciertas partes del mundo, no deja de tener ciertas repercusiones en la población que ha visto rebrotes de enfermedades otrora controladas.

Ese grupo de antivacunas me parece que es esa parte de la sociedad que desconfía de un procedimiento completamente seguro por las razones equivocadas, pero que puede ser atendible y redirigido con esfuerzos de buena comunicación y de un sistema de seguridad social que contribuya a hacerlos marginales. Durante la pandemia ha surgido un grupo de antivacunas no basado en la desconfianza al proceso, sino en una premeditada idea para hacer pasar a las vacunas como una especie de mal planeación científica y que no funcionan para su propósito.

Hemos visto a comunicadores que francamente se han dedicado a elaborar reportes con datos imprecisos, informaciones tergiversadas y mentiras descaradas para desprestigiar a ciertas vacunas para dinamitar los esfuerzos de ciertos gobiernos por inmunizar a sus poblaciones. La última de estas mentiras fue la que la periodista Peniley Ramírez intentó difundir, a través de una supuesta nota que destacaba que la vacuna CanSino solo tenía 5% de efectividad, que los ensayos clínicos no habían concluido y que el gobierno —a pesar de eso— decidió aprobarla. Ninguna de sus evidencias tuvo jamás sustento, pero que lograron generar ese ruido habitual en las redes sobre que México usaba una vacuna inservible.

Hasta el momento que escribo esto —y a pesar de la aclaración de parte de la propia farmacéutica que produce la vacuna sobre que la nota carecía de sustento alguno— la periodista no hizo ninguna aclaración o rectificó sobre que lo publicó. Con esto, queda claro que si bien los movimientos antivacunas pueden tener distintas caras, la más peligrosa de estas es la que se presenta como la de ser seria y buscar informar, pero que —en realidad— solo pone en peligro a la población por animadversiones políticas. Para mí, esos no tienen cabida en la vida pública.

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