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Pobreza infantil, deuda estructural con el futuro

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En este mundo capitalista no hay quien se salve, ni las infancias…

 Hace unos días leí en alguna parte que “La dignidad no cabe en un país con tanta desigualdad laboral y sobreexplotación de los más pobres”.

Todos sabemos que la pobreza es grieta profunda, sin distingos de partido o sexenios, simplemente no se logran hacer más equitativas las condiciones sociales en el desarrollo de las personas que viven aquí, incluyendo a nuestras niñas y niños.

El problema ya no es solo falta de pan, techo o trabajo, sino los sueños desgastados, en donde la dignidad no se permite, cuando la necesidad obliga. Y es todavía peor cuando esos sueños se ven gestados en nuestra niñez.

Para el 2022, de acuerdo con el CONEVAL, México aún contaba con 46.8 millones de personas viviendo pobreza, de los cuales 9.1 millones en pobreza extrema y 37.7 millones en pobreza moderada. En contraste con los estados del norte, la desigualdad regional es evidente, aquí los datos:

  • Chiapas (67.4%)
  • Guerrero (60.4%)
  • Oaxaca (58.4%)
  • Puebla (54.0%)
  • Tlaxcala (52.5%)

Sin embargo, llama la atención que cuando se habla de pobreza, pocos refieren a la pobreza infantil, una preocupación real y cercana al menos para los que vivimos en el sureste del país, como es mi caso en Oaxaca.

Ese mismo año el extinto ente público reportó que el 47.5% de los niños menores de 11 años vivían en situación de pobreza, lo que significa la existencia de carencias sociales en las infancias como lo son:

  • Acceso a servicios de salud
  • Acceso a seguridad social
  • Rezago educativo
  • Acceso a alimentación nutritiva y de calidad

 Lo anterior, tiene efectos claramente visibles como: desnutrición crónica; falta de acceso a vacunas; medicamentos; rezago educativo; infancias con baja autoestima; conocimiento nulo de sus capacidades, etc.

Esto, lo que únicamente asegura es un futuro sombrío, sin acceso a oportunidades laborales reales, debilitando su movilidad social, consolidando así los ciclos de pobreza que les fueron heredados, dado que, infancias que hayan crecido en condiciones precarias, tienen grandes posibilidades de seguir viviendo en las mismas.

Nuestro deber y sobre todo la exigencia al gobierno en turno, es no traicionar de forma estructural a los derechos más básicos de nuestra niñez mexicana, la visión ya no debe acotarse al corto y al mediano plazo, pues se esta comprometiendo al futuro del país. Por eso invertir en las infancias no es un gasto, sino una justa inversión.

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