Pluma Patriótica

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Poesía para el pueblo

Primero fue la lluvia. La plaza. Las palomas tristes en la catedral. Mi madre dice que no vuelva a este lugar. Que mañana hay escuela. Que a los diecisiete pasan cosas. Primero fue la lluvia golpeando los cristales del salón. La lluvia golpeando en los ojos del maestro Javier. Él dice que la gente viene de lejos. Que es la gente más pobre y olvidada. El maestro Javier mira hacia el suelo cuando habla: busca su corazón para levantarlo. Mi madre y el sonido de su vieja Singer esperando a que vuelva a casa. Mi madre y su vestido estampado de veranos. Mi madre y su tos de vieja enferma. No hace mucho que comenzaron los días de julio. Ya cámbiate. Te va a hacer daño. Primero fue la lluvia. Hoy hablamos de Lucio. No éramos más de cinco. Pobre Lucio, dije. Y guardé mis manos en los bolsillos del pantalón. Pobre de Lucio Cabañas. Y pobre de Ramón: se atrevió a tomar un salón de clases del edificio F. Dice que no lo vamos a devolver. Que es nuestro derecho. Que pintemos de negro y rojo las paredes. Pobre Lucio, madre. No me gusta que regreses tan tarde. Ya come. No deberías cargar a diario esas pancartas. Primero fue la lluvia y los ojos de doña Marcela. Ayúdeme a amarrar la lona, joven, usted que está alto. A sus órdenes, comandante. Dice la playera que lleva puesta la hija de Marcela. Mi padre no conoce el mar. Debería llevarlo a Guerrero. Ahí nació Lucio. Deberíamos ir al mar de Acapulco. Pobre Lucio, papá. Primero fue la lluvia: el cielo cayéndose sobre la plaza. Cada aguacero mojando la frente de la patria. Son tardes para llorar junta a la ventana. Hoy dijo Ramón que nada ganamos. Que ya lo pensó dos veces y vamos a devolver el salón. Que nunca más regresaremos al edificio F. Las palomas no bajan a la plaza. No hay un solo niño que pueda perseguirlas. Hace viento. Doña Marcela cruza las manos como abrazándose a sí misma. Todos los días repite lo mismo: nos robaron, joven. Dice el señor Andrés que lo vamos a lograr. Termina. Deja el templete. La gente tiene mojados los cabellos. El verano se ha vuelto terrible y triste. Ya no vuelvas tan tarde a casa. Siéntate a comer. Ya casi es tu cumpleaños. Andrés y mi madre tienen arrugadas las yemas de sus dedos. Recuerdo mi infancia y las horas que pasaba en una alberca: yo también sé lo que es tener las yemas de los dedos arrugadas. Yo también estoy envejeciendo. Dice el señor Andrés que estamos en resistencia. Que contaremos estrellas por las noches y votos por las mañanas. Que de aquí nadie se mueve. Ay, Felipe, a qué jugabas cuando eras niño. Ya casi es tu cumpleaños, vuelve a decir mi madre desde la cocina. Ella hubiera querido dar a luz en días menos tristes, en los que el agua no borrara los pájaros del cielo. 

Daniel Miranda Terrés. Politólogo, poeta, y ensayista. Es autor de los libros: Pan: el dios del miedo (Ediciones Simiente. Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2015); Anatomía del fracaso (Mantis Editores. Premio Nacional de Poesía Bartolomé Delgado de León 2015); El libro de la enfermedad (Ediciones Cuadrivio. Premio Internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2016). Un hombre lleno de incertidumbres y trastes sucios (Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2019). Actualmente, es becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes FONCA, Jóvenes Creadores, en la especialidad de poesía. 

Twitter: @danielmterres

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