Hubo un tiempo en que se nos educó para callar. No hables de política, de fútbol ni de religión. Decían que era para convivir mejor, para no pelear. En realidad, era para no incomodar. Para que lo que organiza la vida —la identidad, la fe, la pertenencia— quedara fuera de la mesa. Para que nadie preguntara quién manda, quién gana y quién pierde.
Mientras tanto, todo seguía igual. El salario no alcanzaba “porque así funciona la economía”. La luz subía “porque no hay de otra”. La justicia no llegaba “porque siempre ha sido así”.
El neoliberalismo convirtió lo cotidiano en destino. En algo natural, inevitable, intocable. Y lo que no se discute, no se cambia. Hace siete años, eso empezó a romperse.
No fue solo un cambio de gobierno. Fue algo más profundo y más peligroso para los de arriba: el poder empezó a explicarse. Y cuando el poder se explica, deja de ser invisible. La política regresó a donde siempre debió estar: a la calle, al transporte público, a la sobremesa, a la conversación diaria.
La transformación politizó lo cotidiano. No con discursos grandilocuentes, sino con preguntas simples que antes estaban prohibidas. ¿Por qué si trabajas más, ganas menos? ¿Por qué la energía que produce el país no siempre beneficia al país? ¿Por qué unos viven de privilegios y otros de deudas?
Preguntas incómodas, porque no cabían en el viejo guion tecnocrático que exigía silencio y obediencia. Ese guion no quería ciudadanos: quería consumidores resignados. Eso es politizar lo cotidiano: atreverse a hablar de lo que se nos dijo que no se hablara.
Durante años, la regla fue no hablar de política, fútbol ni religión. Justo lo que construye comunidad, lo que despierta pasiones, lo que permite reconocernos como parte de algo más grande que nosotros mismos. Esa regla no era neutral: era una forma de control. Sirvió para aislarnos, para fragmentarnos, para que el poder siguiera operando sin ser nombrado.
El cambio verdadero comenzó cuando eso se rompió. Cuando la política volvió a la mesa y dejó de ser asunto de expertos. Cuando el fútbol dejó de ser solo espectáculo y volvió a ser barrio. Cuando la religión dejó de ser solo creencia privada y volvió a discutirse como ética, comunidad y forma de entender la vida.
Hablar de política, de fútbol y de religión no nos dividió. Nos devolvió la palabra. El neoliberalismo necesitaba silencio; la transformación necesita conversación.
Por eso vivimos tiempos estelares. No porque todo esté resuelto, sino porque volvió la discusión. Son tiempos en los que el país dejó de moverse por inercia y empezó a pensarse a sí mismo. Pensar incomoda, rompe certezas y desordena jerarquías.
Se nos dijo que explicar dividía y que gobernar bien era administrar en silencio. La transformación rompió esa lógica. Gobernar volvió a ser nombrar: causas, responsables, consecuencias. Decir quién gana, quién pierde y por qué.
México volvió a hablar de política en voz alta. En la casa, en el trabajo, en la calle. Lo que antes parecía técnico se volvió político. Lo que antes parecía individual empezó a entenderse como colectivo. Y eso cambió algo profundo: ya no fue tan fácil engañar como antes.
La derecha sigue creyendo que perdió por estilos. No quiere aceptar que perdió algo mucho más grave: el monopolio del silencio. Perdió la capacidad de decidir de qué se habla y de qué no. Perdió la comodidad de un país que no preguntaba.
Siete años después, el resultado no es una ciudadanía perfecta ni siempre de acuerdo. Es algo más peligroso para el viejo régimen: una ciudadanía menos ingenua, más habladora, más incómoda. Hoy cuesta más vender privatizaciones como progreso, recortes como disciplina o privilegios como estabilidad.
Aquí entra la juventud. En otros tiempos se nos pidió callar; hoy discutimos y cuestionamos. No solo heredamos consignas: heredamos lenguaje político. Aprendimos que lo que parecía personal tenía raíces estructurales y que lo público nos pertenece.
Frente a eso, la ultraderecha ofrece gritos sin explicación, violencia sin razón y enojo sin memoria. Puede ser ruidosa, pero es frágil. Porque cuando la gente vuelve a hablar —de política, de fútbol, de religión, de lo que importa— el miedo deja de ordenar.
Y cuando el miedo deja de ordenar, el poder ya no manda igual.





