Por esas lenguas que mueren

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Por esas lenguas que mueren

Por Camila Martínez | viernes, 20 de noviembre del 2020.

“Entonces se cierra
A todos los pueblos del mundo
Una ventana,
Una puerta.
Un asomarse
De modo distinto
A las cosas divinas y humanas,
A cuanto es ser y vida en la tierra.”

- Cuando muere una lengua, poema de Miguel León Portilla
 

Se estima que cada dos semanas muere una lengua en el mundo. Cada día, con el crecimiento del neoliberalismo, se abandonan por desuso los idiomas que alguna vez florecieron en las periferias de occidente y hoy, ahí mismo, se marchitan las raíces históricas y de filosofías milenarias con las que construyeron vínculos entre significados colectivos y sonidos encadenados. Sin el vehículo para transmitirlos de generación en generación, con ellos muere también un cosmos de sentido. Como dice el poema de Miguel León Portilla: cada lengua implica una visión del mundo distinta porque cada pueblo es distinto y no existen dos iguales. Cuando se esfuma una lengua se disipan formas de concebirlo y de interpretarlo; la humanidad pierde gran parte de la riqueza de su diversidad y por esto el universo se hace más pequeño.
 
En el mundo, México es uno de los ocho países donde se concentra cerca de la mitad de las lenguas y estamos en los primeros cinco países con mayor número de lenguas. A nivel nacional, los estados donde existe mayor variedad lingüística son cinco: Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Puebla y Yucatán. Somos un país diverso donde, desde hace muchos años, los gobiernos se han regodeado al respecto metaforizado constantemente esta condición a través de la imagen de los mosaicos. Sin embargo, no somos de forma alguna la excepción a la tendencia internacional y desde 1930 hemos perdido el 62% de los hablantes de lenguas indígenas.

La principal causa de estas pérdidas lingüísticas resulta ser el estigma generado a partir de proyectos de nación profundamente excluyentes con los pueblos indígenas, que históricamente han sido una estrategia de dominación para la implementación de políticas de despojo, explotación, discriminación racista y clasista desde épocas de Benito Juárrez, y que, desafortunadamente, se han agravado y profundizado en las últimas décadas. Así, para poder dominar a las personas, arrebatarle sus tierras y acorralarlos en trabajos precarizados, desde las élites económicas se optó por mecanismos de segregación y debilitamiento político haciendo permear el mito de que las culturas indígenas se encuentran incompletas, que son el resultado de una mezcla y por lo tanto resultan inferiores. En contraste, buscan identificar a la cultura occidental si fuera “pura” y estuviera “completa”, para ser concebida como “superior”. No obstante, sabemos que no existe cultura que no haya sido históricamente influenciada por otras cercanas; esto es solo una narrativa, una estrategia de dominación.
 
Tenemos una deuda histórica que saldar con los pueblos originarios de México. Seguramente será un proceso largo para resarcir la violencia económica, política y física de la que han sido víctimas desde hace varios siglos. Sin embargo, me atrevo a decir que uno de los primeros pasos para asegurar justicia social en nuestro país se logró ayer en la Cámara de Diputados, cuando se aprobó por unanimidad la iniciativa para elevar a rango constitucional las 69 lenguas nacionales: 68 lenguas indígenas y el español. Además, esta iniciativa promueve la preservación, el uso, el estudio y la difusión de cada una de estas lenguas y su más de 364 variantes regionales, así como el compromiso de alternarlas en espacios públicos. Esto último será fundamental para establecer que en procesos judiciales se pueda hablar la lengua de las partes sin necesidad de un traductor. Por otro lado, también será fundamental para lograr que muchos de los programas sociales, cuyos documentos se encuentran exclusivamente en español, lleguen a los hogares donde más se necesitan. 
 
Las lenguas indígenas nacionales no están segregadas únicamente a la historia de nuestro país; son también lenguas presentes. Se calcula que en nuestro país hay 7.4 millones de mexicanos que hablan al menos una lengua indígena: por lo tanto, es deber del Estado mexicano reconocer la existencia de una multiplicidad de pueblos y culturas al interior de nuestro país, tomando en cuenta las diferentes visiones que tienen y su autonomía en la planificación de proyectos de bienestar y desarrollo. El compromiso de la Cuarta Transformación, como resume el Presidente Andrés Manuel López Obrador, es “que nadie se quede atrás y que nadie se quede fuera”. Reconocer en igualdad de condiciones todas las lenguas nacionales es reconocer todas las culturas en igualdad de condiciones, ahí está el primer paso. 

“Cuando muere una lengua
Todo lo que hay en el mundo
Mares y ríos,
Animales y plantas,
Ni se piensan, ni pronuncian
Con atisbos y sonidos
Que no existen ya.”
- Miguel León Portilla

Por Camila Martínez | viernes, 20 de noviembre del 2020.

Camila Martínez

Estudiante de Comunicación Política en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Tiene estudios en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Fue integrante del Primer Parlamento de Mujeres de la Ciudad de México.

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