“No puede haber gobierno rico con Pueblo pobre”.
Cuando escuché hace dos días a la presidenta Claudia Sheinbaum volver a decir que “no puede haber gobierno rico con Pueblo pobre”, ya no lo entendí como una consigna política, ahora sí lo reconocí como una tesis moral.
No es una frase diseñada para la coyuntura ni para el aplauso inmediato, pues ya lo ha dicho otras veces, es una afirmación que coloca a los políticos de su administración frente a un espejo incómodo.
Porque en esta re-insistencia, no habla sólo de cosas materiales, sino de coherencia. De la distancia —siempre peligrosa— entre quienes gobiernan y quienes son gobernados y que algunos políticos y funcionarios hoy son etiquetados por ellos.
Desde una perspectiva filosófica, la frase remite a una idea antigua: el poder sólo es legítimo cuando guarda proporción con la vida de la comunidad que administra. Aristóteles ya advertía que el buen gobierno no consiste en la acumulación, sino en la justa medida, algo sencillo.
Porque cuando el gobierno se enriquece —material o simbólicamente— mientras la mayoría vive en la precariedad, se rompe el equilibrio ético que sostiene a la polis. No es sólo una injusticia económica; es una falla en la idea misma de gobierno.
Pero la frase también apunta a algo más profundo: el problema no es únicamente la riqueza, sino la desconexión. Un gobierno “rico” es aquel que se vuelve autosuficiente, que deja de necesitar comprender la experiencia cotidiana de la gente.
Gobernar desde la abundancia —de privilegios, de certezas, de comodidad, de viajes, carros, relojes, etc.— mientras el Pueblo sobrevive en la escasez, termina por erosionar el vínculo político fundamental: el reconocimiento mutuo.
Dicho así, la afirmación de la presidenta no es un juicio moralizante, sino una advertencia estructural para todos y todas.
Un gobierno que vive mejor que su Pueblo corre el riesgo de gobernar peor, porque gobierna desde la frivolidad, desde la indiferencia, desde la demostración del “yo soy mejor que tú porque tengo mejores accesorios, mejores viajes, mi vida es mejor”.
Porque cuando el poder se acostumbra a no padecer, deja de percibir la urgencia; cuando no siente el límite, pierde sensibilidad frente a la desigualdad. La austeridad, en este sentido, no es un gesto ascético, sino un mecanismo de cercanía política.
También hay en la frase una redefinición del éxito gubernamental de la Cuarta Transformación a la que todos están convocados. No es difícil.
No se trata de mostrar cifras macroeconómicas saludables mientras la vida cotidiana permanece asfixiada. Se trata de entender que el bienestar del gobierno sólo tiene sentido si es reflejo del bienestar social.
El gobernante no es propietario del poder como diría Rousseau, es su depositario. Política básica para izquierda y derecha.
Si el depósito se transforma en beneficio propio, el contrato se rompe, aunque las instituciones sigan en pie.
Por eso leo esta declaración de la Presidenta como un criterio de evaluación histórica y simbólica para los gobernantes, particularmente para los que gobiernan en el gobierno de Claudia Sheinbaum.
No puede haber gobierno rico con Pueblo pobre porque, cuando eso ocurre, el poder deja de ser un instrumento y se convierte en un fin.
Y cuando el poder se vuelve un fin en sí mismo, la política deja de ser servicio y comienza a ser distancia.
La verdadera pregunta, entonces, no es si la frase es correcta —filosóficamente lo es—, sino si seremos capaces de sostenerla cuando gobernar empiece a resultar cómodo.
Nos vemos en la próxima.



