Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 18: 56 hora del centro.
Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 18: 56 hora del centro.

«Quiúbole» con el SAT

postal PP horizontal Areli Luyando.jpg

Ricardo Salinas Pliego no es solamente un empresario o un tuitero provocador, es la representación más cruda de una élite económica que durante años ha confundido poder con impunidad. Su figura concentra negocios, medios, discurso político y una narrativa peligrosa que normaliza el abuso, desprecia lo público y convierte la desigualdad en modelo de negocio.

Desde hace tiempo, Salinas Pliego se ha asumido como vocero de una derecha radical: antiimpuestos, antiEstado y profundamente hostil a cualquier forma de regulación. En su discurso, pagar impuestos es casi una injusticia y el Estado es un enemigo. Lo que nunca dice es que esa postura no es ideológica solamente: es funcional a sus intereses. Porque en México, cuando los grandes no pagan, los pequeños cargan con la cuenta.

Elektra y Banco Azteca no se hicieron gigantes por casualidad. Su crecimiento se explica, en buena medida, por un esquema de crédito que ha sido señalado una y otra vez por especialistas y defensores del consumidor: créditos caros, intereses elevados y condiciones que castigan, sobre todo, a quienes menos tienen. No es inclusión financiera cuando una televisión, una moto o un préstamo terminan costando el doble o el triple. Es endeudamiento estructural. Es negocio a costa de la desesperación.

El relato de “te damos crédito cuando nadie más te lo da” suena solidario, pero en la práctica ha significado ciclos de deuda interminables para miles de familias. Y mientras eso ocurre, el empresario se burla de quienes no pueden pagar, ridiculiza la pobreza y se presenta como ejemplo de mérito individual, ignorando deliberadamente el desequilibrio de poder entre corporaciones y consumidores.

Como si esto no fuera suficiente, su discurso público ha cruzado líneas peligrosas. Sus comentarios misóginos, burlones y violentos no son simples opiniones personales: provienen de alguien con millones de seguidores y plataformas masivas. En un país donde ser mujer implica riesgos reales, trivializar la violencia simbólica no es irreverencia, es irresponsabilidad. Y cuando se le señala, responde con insultos, no con argumentos.

Hoy, el conflicto con el Servicio de Administración Tributaria lo coloca en el centro de otra discusión incómoda: la fiscal. Salinas Pliego no está siendo perseguido; está siendo fiscalizado. El SAT no es un villano caprichoso, es la autoridad encargada de cobrar lo que marca la ley. Las deudas fiscales no surgen de opiniones en redes, sino de revisiones, créditos determinados y procesos legales que pueden impugnarse en tribunales, no en X.

Aquí es donde el ruido se vuelve peligroso. Presentar el pago de impuestos como abuso y al Estado como ladrón erosiona la cultura fiscal y beneficia únicamente a quienes pueden pagar abogados, no a la ciudadanía. Los impuestos sostienen hospitales, escuelas y servicios que no aparecen en los discursos incendiarios, pero que millones usan todos los días.

Entender cómo funciona el SAT es entender tus derechos, pero también tus obligaciones. Saber qué es un crédito fiscal, cómo se defiende y cuándo se paga es clave para no caer ni en la desinformación ni en el aplauso ciego a quien busca convertir su conflicto legal en cruzada ideológica.

Quiúbole con el SAT no es una pregunta ingenua. Es un recordatorio incómodo: en una democracia, el dinero no compra la ley. Y cuando los poderosos gritan porque les toca cumplirla, el verdadero problema no es el cobro, sino los años en que no se pagó.

Porque cuando un magnate convierte su adeudo fiscal en espectáculo, intenta algo más que evadir una obligación: busca moldear la opinión pública para que pagar impuestos parezca opcional y fiscalizar, un abuso. Esa narrativa es peligrosa. Normaliza la idea de que el poder económico concede privilegios y que la ley es negociable si se tiene suficiente influencia. No lo es. Y no debería serlo nunca.

El debate real no es si el SAT molesta, sino a quién protege el silencio cuando no cobra. La indignación selectiva es cómoda; la rendición de cuentas, incómoda. México no necesita héroes empresariales que gritan libertad mientras trasladan costos a los más vulnerables. Necesita reglas que se cumplan, impuestos que se paguen y una ciudadanía que no confunda ruido con razón. Ahí está el verdadero quiúbole.

 

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios